LEJOS DEL CIELO

Escrito por voiceover 13-09-2007 en General. Comentarios (0)

 

 

 

http://voiceover.blogdiario.com/img/farfromhe.jpeg

 

 

T.o.: Far from Heaven.

Director: Todd Haynes.

Guión: Todd Haynes

Intérpretes: Julianne Moore, Dennis Quaid, Dennis Haysbert, Patricia Clarkson, Celia Weston, Viola Davis, James Rebhorn.

Música: Elmer Bernstein.

Fotografía: Edward Lachman

EEUU. 2002. 97 minutos.

 

No muchos directores actuales se atreverían, como se atreve Todd Haynes, a revisitar un género y una forma de hacer cine muy concreta ... y ya perdida (los melodramas clásicos, con cabezas visibles en las películas de Douglas Sirk). De ellos, aún menos conseguirían, como consigue Haynes, llevarse el gato al agua y entregar al espectador una película tan hermosa, compacta y brillante como esta singular Far from Heaven. El realizador de Poison y Velvet Goldmine (la comparación le convierte en inclasificable, cuando no desconcertante) da rienda suelta a sus habilidades de cineasta para mostrar con y para ojos de hoy lo que creíamos que correspondía a nuestros predecesores: de un modo que sólo cabe cualificar de extraordinario, Far from heaven visualiza conflictos que, por las limitaciones propias de su tiempo, las películas de hace cinco décadas sólo podían enunciar con sutileza.

 

         Apoyada en un sobrio guión –urdido por el propio Haynes- de cuya temática se podría decir –peregrinamente- que se trata de conflictos ya muy manidos, el filme adopta y lleva al extremo los estilemas visuales del melo clásico, partiendo de un diseño de producción muy preciso en la reproducción de cánones perfectamente reconocibles (que nos recuerdan las estampas familiares de Norman Rockwell), sumergiendo las imágenes en tonos unos colores casi saturados en rojo y verde, y esgrimiendo una batuta musical (obra de Elmer Bernstein, que rubrica una partitura mayúscula) que enfatiza la vis melancólica y hasta trágica de los conflictos, las emociones, los clímax.

 

         En el indudable magnetismo formal, en la atmosférica partitura de Bernstein y en los (muchos) clímax sentimentales que la narración va jalonando parece apuntalarse el preciso ritmo impuesto por Haynes, un devenir de los acontecimientos que transita de lo contemplativo en su presentación, a un impresionante crescendo dramático en el relato del sufrimiento de los protagonistas, crescendo que obliga al espectador a la terrible identificación con el sino Kathleen (Julianne Moore), Frank (Dennis Quaid), por cuanto la cámara nunca les juzga, pero sí desnuda su desamparo, hasta que acaba siendo abrasiva la sensación de cerrazón que las imágenes exudan, ello y a pesar de su apastelada apariencia. Probablemente ahí radique el mayor éxito del filme, en la articulación de ese magnífico mecanismo de identificación. Haynes lo logra desde el talento, porque sólo el talento de un gran cineasta explica el poderío visual de muchas composiciones –v.gr. la secuencia en la que Raymond (Dennis Haysbert) coge del brazo a Kathleen, y es censurado por todos los transeúntes observantes; la descripción de los devaneos homosexuales de Frank, contundentes en la revelación de sus elipsis; o los planos en penumbra del interior de la residencia de los Whitaker en los que se fraguan los conflictos del matrimonio, donde el personaje de Frank suele aparecer de la nada, denotando amenaza, hostilidad, violencia, no sólo hacia su esposa, sino respecto de la propia estructura familiar, progresivamente más y más tambaleante-. También es justo decir que la pareja protagonista consigue algo tan complicado como es ofrecer el justo tono de la narración: ahí está una superlativa Julianne Moore dándole a la gestualidad su concesión más maravillosa, y un Dennis Quaid que labra una de las mejores actuaciones de su carrera.

 

         Cuando la película se cierra en ese semipicado ascendente que deja a la protagonista sola con su incierto futuro, nos da que pensar que quizás el talento derrochado no entiende de relojes, y que, acaso en la actualidad una sociedad como la nuestra no está tan lejos de los óbices que en forma de falsa moral e intolerancia la lastraron en el pasado. Pero aún más allá de tales considerandos, uno se queda con la profunda emoción que proviene del más íntimo poso sentimental de los personajes: la secuencia de la despedida en la estación, ese adios mudo entre Kathleen y Raymond, en el que incluso los sonidos de la locomotora se dejan en off -se pierden bajo la abrumadora pérdida que se cierne sobre los personajes-, se cuenta entre los instantes más sublimes del cine americano de los últimos años.