VOZ OVER

SEAN_PENN

HACIA RUTAS SALVAJES

Escrito por voiceover 21-02-2008 en General. Comentarios (1)

 

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T.o.: Into the Wild

Director: Sean Penn.

Guión: Sean Penn, basado en la obra de Jon Krakauer

Intérpretes: Emile Hirsch, Marcia Gay Harden, William Hurt, Catherine Keener, Jena Malone, Kristen Stewart, VInce Vaughn.

Música: Michael Brook, Kaki King y Eddie Vedder.

Fotografía: Eric Gautier

EEUU. 2007. 124 minutos.

 

Siempre resulta gratificante acercarse al cine de Sean Penn. Ninguna de las cuatro películas que hasta la fecha ha realizado dejan indiferente. Por la personalidad que les imprime, por los meollos psicológicos que las habitan. La presente Into the Wild, sin embargo, supone un paso más allá en la senda del cineasta. Sin dejar de ser coherente con sus obras anteriores, detectamos un salto de ambición, y quizá por ello también de riesgo. Si algo tienen en común The Pledge, The Crossing Guard o The IndiAn Runner, es el discurso que holla en la fragilidad del alma humana, la mirada al filo del abismo que espera al ser humano en cualquier esquina inesperada de este peregrinaje que llamamos existencia. En Into the Wild, la narración nos lleva por caminos bien opuestos: adapta el libro de Jon Krakauer que testimonia el periplo vivido por Christopher McCandless, un joven norteamericano que, tras graduarse en la universidad, decidió abandonar a su familia y todas sus pertenencias para ir a Alaska a vivir en comunión con la naturaleza. Así pues, la mirada que Penn despliega en Into the Wild rehuye los abismos que asfixian el espíritu, antes bien nos pone en la piel de un hombre joven que ya había encontrado una fórmula para rehuir aquellos abismos, y que la puso en práctica: sin que en ningún momento se concreten demasiado las razones por las que Christopher hizo lo que hizo (en los pasajes en que su hermana se convierte en narradora en off, se anotan acaso las malas relaciones de sus padres como causa concreta), en todo momento queda claro que el chico está convencido de su deseo, que pone todos los medios para llevarlo a cabo, y que nunca, nunca desfallece. Sólo su ideal, la vida salvaje, es capaz de vencerle. Como así sucede.

 

Leyendo la sinopsis de la película, uno puede esperar dos opciones narrativo-discursivas: una, la convencional, que haga hincapié en los conflictos familiares, en el aparato –digamos- melodramático, para exponer el sentido de la huida; otra, que busque ese sentido en fórmulas ideológicas, en términos de crítica social a un modelo de convivencia personal y social lleno de fisuras. Penn abre una vía muy personal, que no elude ninguna de las dos posibilidades citadas (sea en los pasajes en los que se muestra el patetismo de los padres que tan bien encarnan Marcia Gay Harden y William Hurt; sea en las secuencias terribles que transcurren en las turbiedades de la noche angelina, o en detalles nada fortuitos, como la aparición del speech de George Bush que justificó la Guerra del Golfo de 1991), pero las proyecta en otra dirección, un interés superior, que no es otro que la constancia y alineación con el hombre en liza contra los elementos, el retrato de una integridad extrema. En su interesante crítica publicada en la revista Dirigido por (enero de 2008) Israel Paredes Badía decía que una de las mejores bazas del filme radica en los muchos interrogantes que plantea y las pocas respuestas que ofrece. Predicado bien cierto en el apartado de la relación entre la película y el espectador, pero, quizá paradójicamente, las imágenes del filme parece que en ningún momento cuestionen las opciones radicales escogidas por Christopher, la narración no toma partido por sus dudas, bien al contrario su trazo de visos documentalistas va afianzando el sentido de las decisiones que el joven toma, va erigiéndole en una suerte de héroe impropio, por cuanto realiza no pocos sacrificios para seguir adelante con su empeño, sean físicos (la lucha por la supervivencia en condiciones extremas) o emocionales (pues a Christopher se le abre la posibilidad de vivir otras vidas con otros seres queridos, sean la pareja de hippies que encarnan Brian Dierker y Catherine Keener, sea el amor de la joven Tracy –Kristen Stewart-, sea el padre putativo que le ofrece su amor incondicional –inmenso Hal Holbrook-).

 

Penn da rienda suelta a su afán por la investigación telúrica que ya había emergido de forma esporádica en su anterior filmografía (especialmente en The Pledge), pero que aquí encuentra su completa razón de ser al impulsar los resortes esenciales de la historia, la motivación del personaje principal. El esmero escénico del realizador se hace sentir en no pocas secuencias paisajísticas que transmiten el sentido del riesgo, de la aventura, pero también del desconcierto o de la soledad. La labor interpretativa de Emile Hirsch es otro de los puntos fuertes de la película, su entrega sobretodo física al cometido interpretativo es de todo punto admirable, y no lo es menos la capacidad de sugerencia con que la cámara le captura, da igual si es en primeros planos compartidos con sus compañeros de camino o en cualquier arista del paisaje en los encuadres panorámicos. Y otro capítulo que merece mayor atención es la banda sonora compuesta por Michael Brook, Kaki King y Eddie Veder, canciones interpretadas por el líder de Pearl Jam que se integran a la perfección en el tono de la historia, pero también en el sentido concreto de cada pasaje que puntúan, enfatizando puntos de vista líricos o incluso estableciendo un íntimo diálogo con las imágenes.

 

         Es Into the Wild una película compleja y de gran belleza. Guardando las distancias, se me ocurre parangonarla con A straight story (David Lynch, 1999), otra road-movie como ésta, atípica, genuina y por momentos sublime.

 

 

EXTRAÑO VÍNCULO DE SANGRE

Escrito por voiceover 05-04-2007 en General. Comentarios (0)

 

 

 

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T.o.: The Indian Runner.

Director: Sean Penn.

Guión: Sean Penn, basado en una canción de Bruce Springsteen.

Intérpretes: David Morse, Viggo Mortensen, Valeria Golino, Patricia Arquette, Sandy Dennis, Charles Bronson, Dennis Hopper.

Música: Jack Nitzsche.

Fotografía: Anthony B. Richmond

EEUU. 1991. 110 minutos.

 

Todas las películas que hasta la fecha ha dirigido Sean Penn tienen un nexo temático en común. Sea por vía deductiva (The Pledge) o inductiva (The Crossing Guard), o bien como en el caso de esta su opera prima, The Indian Runner –ridículo título, el castellano-, una visión dual a partir de una historia fraternal, el hijo de Arthur Penn se empeña en hablarnos de la fragilidad del alma humana, del filo del abismo que espera al ser en cualquier esquina inesperada de este periplo que llamamos existencia (tampoco es baladí decir que sus elecciones en el campo actoral acostumbran a llevarlo por senderos análogos, caso de, por ejemplo, Hurlyburly, 21 grams, Dead Man Walking o Mystic River, sin ir más lejos). Que eso le convierta en un autor comprometido es materia que dejo para otro tipo de críticas que se escapan de lo estrictamente cinematográfico. Y que contengan una carga de denuncia social es, por un lado una obviedad, y por otro, una consecuencia secundaria de la esencia argumental de esas películas.

 

Esas ansias temáticas, per se, merecen un reconocimiento. Antes de perfeccionar su estilo en las citadas The Crossing Guard y The Pledge, en el filme que nos ocupa apreciamos que Penn se lanza sin perjuicios ni miedos al ejercicio de la puesta en escena pura y dura, y los resultados son harto irregulares. Hay demasiados alardes formales que empecen el discurso en lugar de enriquecerlo, como sería deseable, y las transiciones, punteadas bajo compases musicales, están aquejadas de cierta livianidad, un tratamiento epidérmico del sino de los personajes. También los insertos de raigambre mística –ese indio corriendo- aparecen algo forzados. En definitiva, el mayor problema de The Indian Runner es su arritmia. Son los peligros de asumir riesgos.

 

Pero en el otro lado, esa asunción de riesgos tiene sus recompensas: la escena inicial de la persecución, resuelta con máxima sobriedad y una extraña belleza, los diversos elipsis que van punteando la narración, los imaginativos planos que a menudo Penn se arranca de su propia heterodoxia, y, en general, el modo en que la cámara captura los detalles más ínfimos –los relieves de la carretera, un cartel en un poste de gasolina, las colillas en el suelo,... – que nos sirven para apreciar la intimidad de la historia en su contexto humano y geográfico.

 

Excesos, en definitiva, de uno y otro signo, pero en todo caso al servicio de una historia cuyo intimismo no se concede tregua de ningún tipo, convirtiendo la película en una obra coherente y genuína –tanto como el resto de obras de filmografía-, por entre cuyos filamentos podemos colegir esos fragmentos de sacrificio y dolor que empañan, condicionan y catalizan la existencia humana, y que pueden perfectamente resumirse en la cita de Tagore con la que se cierra la película: “El nacimiento de cada nuevo ser humano es una prueba evidente de que Dios aún no ha perdido la esperanza en nuestra especie”.

 

 

EL JURAMENTO

Escrito por voiceover 14-03-2007 en General. Comentarios (2)

 

 

 

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T. O.: The Pledge.

Director: Sean Penn.

Guión: Jermzy Kromolowski y Mary-Olson Kromolowski, basado en una novela de Friedrich Dürrenmatt.

Intérpretes: Jack Nicholson, Robin Wright Penn, Aaron Eckhardt, Tom Noonan, Benicio Del toro, Helen Mirren.

Música: Hans Zimer.

Fotografía: Chris Menges.

EEUU. 2001. 107 minutos.

 

 

El Sean Penn director (y en los últimos tiempos también el actor) se muestra particularmente interesado en moverse por ciertos márgenes del sistema, buscando imágenes y narraciones que promuevan una introspección en la psyké, en ocasiones como formulaciones dramáticas o incluso de ínfula filosófica, y otras que conllevan una carga de denuncia política y social.

 

En esta The Pledge, su tercera obra tras Indian Runner y The Crossing Guard, y basándose en un hard-boiled del popular novelista suizo Friedrich Dürrenmatt -que por cierto ya conoció, muchos años atrás, una adaptación cinematográfica hispano-suiza de Ladislao Vajda-,  podría decirse que efectúa una parábola de naturaleza opuesta a las obras precedentes: si en aquéllas transitábamos por terrenos más bien esquinados en busca de una luz finalmente asible (y asimilable en una máxima de Tagore o en una plegaria compartida ante un nicho), en esta ocasión Penn narra las razones y circunstancias por las que un hombre honesto lo pierde todo y finalmente –como se nos anuncia ya en la secuencia-prólogo que convierte en flash-back todo el resto- enloquece.

 

Se trata de una obra más elaborada que las precedentes, quizá no tanto en el apartado escénico –donde Penn vuelve a demostrar una voluntad de estilo y un gusto a veces excesivo y otras muy sugerente del plano de detalle descriptivo y del uso del montaje- sino desde el punto de vista de la complejidad narrativa: viendo desarrollarse los acontecimientos y las emociones (o más bien temores) de Jerry (un comedido y brillante Jack Nicholson) al espectador le asalta continuamente la duda de hallar en las imágenes dos posibles realidades, una objetiva y otra subjetiva, marcada por la obsesión que lleva de cabeza a Jerry y que terminará por perturbarle de un modo definitivo. Esto es así porque, creo que deliberadamente, la trama superficial de la película (la de raigambre genérica, la que nos cuenta las circunstancias de los asesinatos de hasta tres niñas pequeñas y el progresivo encaje de piezas que lleva a Jerry a resolver el caso) se plantea en términos de una clara evidencia: en todas las secuencias donde asistimos a las pesquisas de Jerry (con el jefe de policía de otro condado, con una niña amiga de la que murió al principio del filme, con la psicóloga que encarna Helen Mirren e incluso con su propia ahijada) resulta demasiado obvio el hallazgo de nuevas y unívocas pistas que llevan a la conclusión que Jerry alcanza, lo que nos puede llevar a pensar que ese hincapié subjetivo (por otro lado, tan caro a las intenciones de Penn) nos está traicionando a los espectadores tanto como al protagonista, contagiándonos ese cultivo del miedo y la ofuscación, o quizá incluso la renuencia de Jerry a vivir una nueva vida tras su jubilación.

 

Está claro que en una primera lectura del filme puede deducirse que Jerry enloquece por causa de fuerza mayor (el reverendo, probable asesino, perece en un accidente de coche en el momento en que iba a matar a la ahijada de Jerry), pero no debemos olvidar que las intenciones esenciales del filme residen en algo mucho más abstracto, la exploración de las pulsiones del alma humana, y en ese sentido es en el que hallamos la tesis de la película. Una película que nos habla de un juramento, una promesa ante Dios que Jerry se ve forzado a hacerle a la madre que acaba de perder a su hija, a la que jura que dará con el asesino. Esa promesa marcará su monomanía y le llevará al borde del abismo. Con esas premisas -que no se siguen del sustrato literario, sino que se incorporan a la presente- Penn nos está hablando de los perniciosos (por enquistados) efectos que la religión puede causar en la razón de un hombre bueno, que en su obnubilación feérica puede incluso llegar a perder de vista que la vida le ha dado una segunda oportunidad. En ese sentido es claramente significativo que el asesino de niñas sea un párroco, que regala cruces a sus víctimas e incluso las invita a la iglesia antes de violarlas y asesinarlas. A poco de pensarlo, el asesino y Jerry guardan una íntima relación emocional, mediatizada por su enfermiza afiliación a las normas divinas.