HALF NELSON

Escrito por voiceover 06-06-2007 en General. Comentarios (0)

 

 

 

 

http://voiceover.blogdiario.com/img/halfnels.jpeg

 

 

 

T.o.: Half Nelson.

Director: Ryan Fleck.

Guión: Ryan Fleck y Anna Boden

Intérpretes: Ryan Gosling, Shareeka Epps, Anthony Mackie, Nathan Corbett, Tristan Wilds, Tina Holmes, Denis O’Hare.

Música: Broken-Social-Scene.

Fotografía: Andrij Parekh

EEUU. 2006. 102 minutos.

 

La carrera del guionista y realizador Ryan Fleck (y de su colaboradora, Anna Boden, coguionista y montadora en los filmes de Fleck) obtuvo su visado vía Sundance, donde su corto Gowanus, Brooklyn se alzó en 2004 con el galardón al mejor corto ex-aqueo con otro (Gowanus, Brooklyn también obtuvo otros premios, en el Boston Independence Film Festival y en el Festival de Aspen). El talante indie de nueva generación y talento de Fleck se confirma con el éxito de crítica y público de esta Half Nelson; que Ryan Gosling obtuviera una nominación al Oscar (merecidísima, por otro lado) por su interpretación en la cinta habla por sí solo en términos de éxito para un filme de estas características.

 

Sin moverse de Brooklyn, Fleck y Boden proponen en Half Nelson una extraordinaria introspección en algo en el fondo tan poco extraordinario como es la pérdida del equilibrio, una acusada constante vital del hombre en la sociedad moderna, americana para más señas (no lo digo porque no suceda en otros lugares, sino porque el filme efectúa especial hincapié en el contexto social y cultural en el que habita, sobre el que adoctrina y en el que a la vez naufraga el protagonista). Podríamos decir que la pirueta lírica, tan valiente, que promueve Half Nelson es precisamente radiografiar lo que en el cine convencional resulta invisible y se da por sentado: la frágil entereza en contraposición a la indomable inercia de la perdición, el doloroso proceso de aprendizaje de la propia derrota personal.

 

El título del filme remite a una de las técnicas de la lucha libre, que tiene por objetivo la inmovilización del adversario. El espectador se introduce, de un modo aparentemente desapasionado, en la vida y condición de dos personajes, Dan Dunne, un profesor de secundaria en un instituto de la zona del bracculino mayoritariamente habitado por gente de color, y Drey (Shareeka Epps), una de sus alumnas adolescentes. Mediante el proceso de acercamiento y confianza (¿y complicidad?) entre los dos personajes se propone al espectador la atenta observación de su sino personal, un sino personal compartido y marcado por esa inmovilidad o incapacidad de rebelarse ante el tránsito de acontecimientos tan espinosos en su naturaleza como en su destino: el profesor en proceso de ser finalmente derrotado por su adicción a la droga dura; la chiquilla, en el impasse de ser reclutada por un amigable traficante de drogas, amigo del hermano mayor de la chica, que cumple condena en la penitenciaría, y a la sazón proveedor de Dan.

 

Ante semejante premisa argumental lo primero que puede temer el espectador es que pretendan sermonearle, y lo que lógicamente es dable esperar es que lo arrojen a un viaje melodramático. Ambas posibilidades no se cuentan entre las intenciones de Fleck (y Boden), ni siquiera en lo que solemos llamar “la intención última”. Casi cabría decir que se trata de todo lo contrario. Al igual que no les concede una redención, el filme no juzga en ningún momento a sus personajes. Les inspecciona, su cámara curiosa, en los momentos de calma y de tormenta. El propio guión rechaza de plano la estructura-tipo, de presentación, nudo y desenlace, y opta por deshojar la historia desde dentro, desde las pulsiones inmediatas de los personajes: conforme vamos conociendo sus actos entendemos el sentido de los que los preceden –y avistamos (el sentido) de los que les seguirán-, la compleja red de antecedentes emocionales que les lleva a ser lo que son y a actuar como lo hacen o intentan. Esa comprometida, tan arriesgada, y bien resuelta, opción argumental encuentra su cauce en las opciones de puesta en escena: el ojo de la cámara se sirve de fórmulas a menudo radicales, el steadycam, primeros planos quebrados o segmentados, incluso desenfocados, que abundan en la mirada documentalista de la narración y a la vez están imbuidas de un profundo subjetivismo, el enfoque caótico que concierne al personaje que lleva el peso dramático del filme, con quien nos alineamos, Dan. En ese sentido, y merced de esa opción narrativa de Fleck, Ryan Gosling se convierte en eje absoluto de los parámetros narrativos del filme, de la mirada adulta, de la lucha interior más desquiciada; en ese sentido, la composición de Gosling es del todo soberbia, alcanza la justa medida del tono que la película proyecta.

 

En coherencia con lo expuesto, la relación entre Dan y Drey se narra desde la óptica del primero; esa relación de amistad se habilita desde una secuencia, poderosísima en su lacónico dramatismo, en la que la chica descubre que su profesor se está drogando y no puede reaccionar como debiera y le correspondería en su posición de superioridad moral –profesor respecto a alumna-: una vez quebrada esa distancia moral se habilita el puente entre las debilidades, tan distintas y a la vez tan parecidas, entre profesor y alumna, resolviéndose la ecuación de la amistad en las diversas secuencias que refieren los rifirafes que Dan mantiene con Frank, el camello que encarna Anthony Mackie, y en los que el protagonista se las ve y desea para desempeñar su función paternalista, sin que jamás lo logre precisamente porque carece de ese asidero de superioridad moral con respecto a la chica y al propio camello, pues ambos conocen su debilidad; el último encuentro entre Dan y el camello, planteado inicialmente como conato de un conflicto, no alcanzará su climax: el camello le invita a pasar a su casa y charlar con él; como sucede en tantas ocasiones, el filme resuelve la situación mediante una elipsis; estas elipsis, tan constantes, tan intencionadas, que van jalonando la narración tienen un pleno sentido descriptivo del caos emocional del personaje, de la incapacidad por resolver cualquier situación, que acaba siendo coda de toda la película.

 

Escritor, amante y profesor frustrado, Dan abdica de sí mismo. Lo más parecido a un clímax transcurre en la fiesta familiar en la que Dan se resiente definitivamente de su incapacidad para comunicarse, mientras que por montaje paralelo vemos consumarse la otra tragedia: Drey empieza a traficar. En ese meeting familiar la cámara captura con toda profundidad la tristeza de Dan contrapuesta a la alegría reinante en el ambiente, la barrera que separa a Dan de los suyos. La mayor redención de uno y otro personajes se producirá mediante una lágrima desnuda que emerge de su lacrimal, un dolor formidable por la indefinida pérdida que les concierne, pero a su vez, una reacción (esa lágrima) de la que huirán despavoridos.

 

De una forma no tan indefinida tras ese inmediato urgente de la vida de Dan, el filme nunca pierde de vista el guión de las enseñanzas del propio profesor, nos habla de la teoría del péndulo como coda de la Historia, incluye a modo de secuencias de transición referencias a capítulos más o menos conocidos de la lucha por los Derechos Civiles en la Norteamérica de los años sesenta (y que son transmitidos por los propios alumnos de Dan). El peso de la Historia -la condición de excombatiente en Vietnam del padre de Dan, los muchos libros que éste tiene en sus estanterías sobre las opciones y conflictos políticos del siglo XX, quizá la tesis que quiso escribir y nunca pudo- se funde en la narración, difuminándose en el humo de la conciencia del personaje que la enseña a las jóvenes generaciones. A pesar de ello, a pesar de tratar de enseñarla, Dan no alcanza esa dualidad de la que habla a sus alumnos, no alcanza los cambios. Se queda en medio, en tierra de nadie, en pugna entre su voluntad y sus instintos, cada vez más desasistido por lo que la propia Historia le enseñó. El último plano de la película muestra otra dualidad, Dan y Drey, en plano fijo uno en cada extremo de un sofá, pero unidos en la necesidad de afrontar la resaca de sus actos. O quizá simplemente aceptándose como son. Amigos de verdad.