AMORES CON UN EXTRAÑO

Escrito por voiceover 26-09-2007 en General. Comentarios (1)

 

 

 

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T.o.: Love with the Proper Stranger.

Director: Robert Mulligan.

Guión: Arnold Schulman.

Intérpretes: Natalie Wood, Steve McQueen, Edie Adams, Herschel Bernardi, Penny Stanton, Anne Hegira, Mario Badolati.

Música: Elmer Bernstein.

Fotografía: Milton Krasner.

EEUU. 1963. 100 minutos.

 

Aunque a Robert Mulligan se le recuerde sobretodo por To kill a Mockingbird, la espléndida adaptación de la (no menos espléndida) novela homónima de Harper Lee, su filmografía nos dejó muchas otras películas que revisten no poco interés desde el punto de vista cinematográfico y, por la voluntad impresa en la temática de sus obras, radiográfico de una sociedad y un tiempo, y sobretodo de las complejas aristas emocionales de la adolescencia. El recuerdo de algunas de esas obras –caso de Summer of 42 o Blood Brothers- aún colea, pero muchos otros, como el que aquí nos ocupa -y a pesar de la popularidad que alcanzó en la fecha de su estreno, y la retahíla de nominaciones al Oscar que se le adjudicaron-, están más bien olvidados del conocimiento cinematográfico, al menos en este país.

 

     Realizada en 1963, por alguna razón se me antoja como un reverso de aquella fábula romántica dirigida dos años antes por Blake Edwards, adaptación de la novela de Truman Capote, Breakfast in Tiffany’s: como en aquélla, la historia transcurre íntegramente en Manhattan, y ese escenario-vorágine impulsa hasta arrastrar las motivaciones de los personajes, en ambos casos se trata de un drama romántico con aderezos (no más que eso) de comedia, y en ambos casos se nos presentan personajes jóvenes y guapos pero parias/indefensos en su contexto social; pero si digo que me parece el reverso es porque si en la obra de Edwards se narra un intento (frustrado) de despegue a la ensoñación, en ésta se relata un intento (parece que finalmente exitoso) de aterrizaje en la realidad.

 

         Algo late con fuerza en el subtexto visualizado por Mulligan, bajo la superficie de constantes encuentros y desencuentros entre Angie y Rocky. Algo que se halla mucho más allá del mensaje antiabortista que algunos críticos quisieron extraer de un pasaje de la película –la triste secuencia en la que se detalla la tentativa de acudir a un “médico” para practicar ilegalmente un aborto-. Algo que tiene más que ver con la ciudad de los rascacielos y su anonimato, que parece dar un sentido mecánico a los actos de los personajes, la silente pero proverbial imposición económica, que les llama a avanzar hacia el statu quo establecido, sentar la cabeza y formar una familia. En realidad la pareja protagonista se ve abocada a ello por mor del embarazo no deseado de la chica, pero, tanto Angie como Rocky son personajes que participan de un marcado desarraigo, que en el caso de ella es causado por el estigma familiar (única chica de cuatro hermanos en un hogar italoamericano donde se imponen las más tradicionales enseñas de aquella comunidad inmigrante) y en él se ha aceptado de un modo voluntario (como revela su condición profesional y familiar: es músico, y apenas se gana la vida con algunos bolos que le ofrecen en el sindicato; ha vivido aquí y allí, nunca demasiado tiempo en ningún sitio; ve a sus padres de uvas a brevas, y en un momento dado rehusa literalmente la posibilidad de vivir una vida acomodada si ésta se basa en “ir a trabajar cada día al mismo sitio y a la misma hora sin tener ganas”).

 

         El título español pierde parte de la proposición inserta en el curioso título original de la película, Love with the proper stranger, donde el epíteto “proper” debe traducirse como “correcto”, o “adecuado”, o “formal”. Y es en ese mencionado contexto de enfrentamiento entre individuo y roles sociales que se fragua la “formalidad” a que se refiere el título original, la obligación de formar una familia que tanto Angie como Rocky anteponen a su devoción, que no es otra que el amor que se dispensan el uno por el otro, y que paradójicamente, por razón de esa necesidad sobrevenida (del riesgo de convertirse en excluidos sociales), tanto tarda en aflorar. Esa coda temática se halla magníficamente detallada en el libreto del artesano Arnold Schulman –que rubrica un acerado, muy preciso trazo de la condición italoamericana de las respectivas familias de los protagonistas y de una tercera, la del pretendiente de Angie-, y se sirve con inteligencia y talento por Mulligan, que enfatiza a la perfección los silencios que en definitiva caracterizan las diversas secuencias compartidas por los protagonistas, transmitiendo al espectador una poderosa sensación de pasión reprimida por la inquietud. A la intensidad dramática coadyuva no poco la magnífica partitura de Elmer Bernstein, así como la inolvidable composición que de su personaje efectúa Natalie Wood.

 

         La primera y la última secuencia guardan una relación tan íntima que parece apuntar a la circularidad, no de la trama, sino del universo descrito: ambas son escenas protagonizadas por la multitud –al principio, en el sindicato, al final en una avenida neoyorquina en hora punta-, donde, parece que pírricamente, destacan los encuentros entre Angie y Rocky –al principio, cuando ella le dice que está embarazada, y al final, cuando él la persigue con un banjo, ofreciéndole a la chica, quizá socarronamente, el que ella le propuso como su ideal-. La cámara se detiene en lo general, esa turba humana, antes y después de subrayar el detalle, que es lo que atañe a los protagonistas; con ello –abriendo y cerrando la película con esas panorámicas- abona una visión diría que sociológica, en la que se ofrece al espectador la posibilidad de pensar en esos instantes como epifanías para Angie y Rocky, dos pulsos que les permiten elevarse por encima de la inercia vacía de la multitud pero sólo durante esos mínimos instantes, antes de que su pasión sea devorada por la obligación, lo que tienen que ser y hacer, y por tanto vuelva a difuminarles en el anonimato.