VOZ OVER

R._ATTENBOROUGH,

GRITA LIBERTAD

Escrito por voiceover 27-07-2007 en General. Comentarios (6)

 

 

 

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T.o.: Cry Freedom

Director: Richard Attenborough.

Guión: John Briley, adaptación de la obra de Donald Woods.

Intérpretes: Kevin Kline, Denzel Washington, Penélope Wilton, Wabei Siyolwe, John Thaw, Zakes Mokae.

Música: George Fenton y Jonas Gwangwa.

Fotografía: Ronnie Taylor

EEUU. 1987. 156 minutos.

 

Es bien conocida la afición de Richard Attenborough (en su faceta de director) por el acercamiento a figuras eminentes del siglo pasado, ya sea mediante la fórmula del biopic, como es el caso de Ghandi y Chaplin, o mediante narraciones que incorporan un capítulo vital de esos personajes, como fue el caso de C.S. Lewis en Shadowlands o de Steve Biko (y Donald Woods) en esta Cry Freedom. Para quien no conozca la figura de Biko, decir que fue uno de los adalides de la causa contra el apartheid sudafricano, un hombre de formación liberal que lideró diversos movimientos estudiantiles,  fundó y se convirtió en editor de una publicación, la “Revista Negra”, y trabajó en el Programa de la Comunidad Negra, en Durban, para el desarrollo político y socio-económico de los hermanos de la comunidad negra de Sudáfrica. Torturado y asesinado por la policía en 1977, cuando apenas contaba veintinueve años de edad, se convirtió en uno de los símbolos del movimiento negro. Más que narrar la vida de Biko, Cry Freedom pone en imágenes pasajes del libro Biko, editado por el periodista sudafricano (blanco) Donald Woods en el exilio, y principalmente narra el modo en que Biko y Woods entraron en contacto y el proceso de concienciación que surgió de esa amistad, una de las simientes de la apertura a los foros internacionales de la denuncia contra el apartheid.

 

La película maneja los grandes temas que propone con más pericia de la aparente. A pesar de la cierta convencionalidad, quizá puerilidad, que domina la trama, hay una magnífica composición visual descriptiva del lugar y ambientes que el filme refleja, lo que resulta caro a esos propósitos ilustrativos; asimismo, del buenhacer escénico de Attenborough resultan diversas escenas dignas de mención, a menudo que apuntan hacia cierta concepción de la épica (cito ad exemplum la secuencia del speech de Biko en el campo de fútbol –la cámara tarda en enfocar al líder, jugando así con las suspicacias del espectador que sabe que sus pasos están controlados por la policía y cree que se halla escondido entre la gente, y se ha convertido en “una voz”-).

 

 La estructura del filme distingue nítidamente dos segmentos: el primero, larga presentación de la trama, personajes y contexto político-social-cultural, y la segunda, que narra el periplo de Woods para alcanzar la frontera y huir al exilio. No es de extrañar que la secuencia central, que deslinda ambos territorios narrativos, sea la que nos muestra la muerte de Biko, y que esté resuelta con suma inteligencia y un inmenso poderío visual (primero vemos el pie de Biko, y su incapacidad de reacción ante las pruebas médicas que tratan de estimular los reflejos; de ahí el encuadre se abre para mostrar el cuerpo agonizante, desnudo, en el suelo del calabozo, que se halla en penumbra, aunque permitiendo al espectador distinguir los signos de tortura en su cuerpo; cuando es trasladado a Pretoria –un viaje de mil kilómetros, se nos dice- vemos al furgón policial ir chocando con varios baches de la carretera mal asfaltada, y a la cabeza del exangüe Biko ir rebotando contra un duro soporte; hasta que la cámara se congela).

 

Del libreto de John Briley que adapta la obra de Woods, más que su corrección (por concisión) expositiva me llamó poderosamente la atención el último requiebro que propone en la película: en los últimos compases del filme se van introduciendo flash-backs: mientras Woods culmina su huida del país, la cámara va recogiendo sketches sobre los actos y palabras de Biko que Woods atestiguó,  y cuyo sentido aparece renovado por la posibilidad de ser escuchados por todo el mundo (pues ése es el propósito de Woods que llevará a buen puerto desde su exilio en Londres). Sin embargo, sorprende dobremanera el último de esos flash-backs, que rompe con el tono precedente y nos muestra una secuencia multitudinaria, uno de los más tristes capítulos de aquella lucha contra la segregación: la matanza de los estudiantes de Soweto, acaecida en junio de 1976, cuando el ejército dispersó a tiros a miles de estudiantes, segando la vida de muchos adolescentes y hasta niños. El sentido de aquel último flash-back es, a poco de pensarlo, idéntico al del resto, que nos muestran el rostro sonriente de Denzel Washington: el sentido de la lucha, la lucha por la dignidad y la justicia; pero buscando el filme de cierto rigor histórico, no obvia ese auténtico clímax amargo: el precio que se paga por la prosecución de la dignidad y la justicia.

 

 

CHAPLIN

Escrito por voiceover 22-06-2007 en General. Comentarios (1)

 

 

 

 

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T.o.: Chaplin

Director: Richard Attenborough.

Guión: Diana Hawkins, William Boyd, Brian Forbes y William Goldman, basado en la autobiografía de Chaplin y en “Chaplin, his life and Art”, de David Robinson.

Intérpretes: Robert Downey jr, Moira Kelly, Geraldine Chaplin, Kevin Kline, Kevin Dunn, Paul Rhys, Dan Aykroyd, Anthony Hopkins, Diane Lane, Penelope Ann Miller.

Música: John Barry.

Fotografía: Sven Nykvist

EEUU. 1992. 139 minutos.

 

 

Richard Attenborough no escatimó medios y esfuerzos técnicos en la producción de esta biografía cinematográfica del inmortal cineasta. Un concienzudo casting, una esmerada recreación de época, y especialistas de altura (como la de John Barry y Sven Nykvist) en los apartados técnicos. Hasta cuatro guionistas –incluyendo un artesano tan poco discutible como William Goldman- participaron en la compresión de la autobiografía de Chaplin (completada con el retrato de David Robinson “Chaplin, his life and Art”), y si hablo de compresión es porque no es tarea fácil reducir una vida tan cargada de intensidades y matices como la del autor de Monsieur Verdoux, y no puede negarse que el esfuerzo de sincreción es máximo.

 

Sin embargo, ese esfuerzo acaba resultando, al menos en parte, baladí: sin ser una mala película, Chaplin no pasa de la corrección, por diversos motivos de los cuales es el mayor su propia concepción: siendo un ejemplo paradigmático de biopic bien realizado, revela a la perfección cuál es la mayor adversidad a la que se enfrenta todo biopic: su patente incapacidad por dotar de complejidad la textura emocional del personaje retratado, ello debido a la necesidad de recopilar datos y más datos –en este caso en un arco cronológico que se pretende amplísimo, desde su infancia en miserables condiciones económicas en el Londres finisecular al Oscar honorífico que recibió en 1973-, que por ende no puede compaginarse con un estudio concienzudo, complejo, de las motivaciones personales (y contextos sociales, culturales, históricos).

 

De este modo, la película de Attenborough se ve forzada en demasiadas ocasiones a resolver conflictos dramáticos con una somera pincelada –por citar algunos, el regreso de Chaplin a su país, o las complicaciones en los rodajes de Tiempos Modernos o El Gran Dictador-, que por muy imaginativa que resulte en su escenificación (que a menudo lo es) no logra por mucho dar la medida de lo trascendente en materia dramática pero también histórica y sociológica que cabría dilucidar desde esos enunciados. A pesar del prometedor prólogo, en el que vemos a Chaplin despojarse del vestuario de Charlot mientras las imágenes cambian del blanco y negro al color (prometiendo con ello desnudar la esencia del personaje) Chaplin acaba encauzándose en términos eminentemente convencionales, y más que otra cosa se recrea en ese glamour de la época de los pioneros del Cine y sobretodo en rendir cuentas de las diversas mujeres y amantes conocidas del cineasta (otra vez, en una descripción en términos más cuantitativos que cualitativos, yendo poco más allá del interlineado en el análisis de esa preferencia de Chaplin –y de muchos de sus compañeros de oficio y generación, aunque eso no se diga- por las jovencitas). Sí que es cierto que esa regla mayoritaria en el pulso de la narración logra trascenderse en parte en un apartado tan elemental como el que concierne a la descripción de los problemas políticos que lastraron la  carrera de Chaplin: en todas las apariciones del personaje de J. Edgar Hoover (Kevin Dunn), secuencias cortas pero muy bien trazadas, Chaplin alcanza cierta precisión descriptiva de los mecanismos ideológicos impuestos desde el Poder a la sociedad americana, la coerción impuesta a esa romántica idea del “sueño americano” ya desde las primeras políticas de contención del flujo inmigratorio, a las posturas aislacionistas a las puertas de la Segunda Guerra Mundial, y rematadas con la infame purga del Senador McCarthy, de la que un personaje tan alineado con las facciones más desfavorecidas del entramado social como fue Chaplin no podía salir bien parado. En la herencia de la industria más importante del Cine es importante recordar cuál fue su mayor mácula, y Chaplin fue un ejemplo paradigmático del desprecio político por el Arte en pos de dudosos intereses ideológicos y estratégicos que, por lo demás, se alcanzaron de la forma más mezquina.  

 

Otros elementos se suman al activo de Chaplin. La interpretación de Robert Downey jr resulta portentosa. También la que Kevin Kline efectúa de Douglas Fairbanks, secundario de peso, magníficamente tratado en el guión y en imagen (tan interesante que a uno le apetecería ver otro de esos biopics dedicados a su figura). De la escenografía de Attenborough, allende sus ya mencionadas limitaciones, se agradece ese afán mesmerizante en la descripción iconográfica del personaje, o los juegos formales que propone con las texturas y cualidades cinematográficas de las obras de referencia (las de Chaplin y del cine mudo en general).

 

Particularmente, del homenaje en que en definitiva se erige esta Chaplin, supongo que lo más agradecible supone cuando esa reverencia se hace definitivamente explícita y, convirtiendo al espectador de la película en espectador de la ceremonia de entrega de los Oscar de 1973, cierra el metraje con un pequeño montaje de diversos cortes de los inolvidables clásicos rubricados por el que es sin atisbo de duda un genio del Cine, y, mucho más allá, uno de los personajes más importantes de la Cultura del Siglo XX.