LA HUELLA

Escrito por voiceover 30-10-2007 en General. Comentarios (0)

 

 

http://voiceover.blogdiario.com/img/sleut07.jpeg

 

 

 

T.o.: Sleuth.

Director: Kenneth Brannagh.

Guión: Harold Pinter, basado en la obra de Anthony Shaffer.

Intérpretes: Michael Caine, Jude Law, Harold Pinter.

Música: Patrick Doyle.

Fotografía: Haris Zambarloukos

EEUU. 2007. 86 minutos.

 

Aunque en los últimos tiempos esté disminuyendo el crédito de popularidad que antaño atesoró, Kenneth Brannagh sigue demostrando esa vocación de enfant térrible que con toda justicia se le colgara hace ya tres lustros largos cuando despuntó con diversas versiones de grandes clásicos shakespearianos –alcanzando el cenit con Hamlet, incontestable obra maestra-, después atreviéndose a experimentar con textos del literato –Much Ado about nothing, o ese musical inclasificable ubicado en tiempos de la Segunda Guerra Mundial a partir del texto Love’s labour’s lost-, lanzándose al juego de sondear en los resortes del género negro –Dead again-,  proponiendo una lectura fidedigna del Frankenstein de Mary Shelley o hasta dando vía y formas cinematográficas a La flauta mágica, la celebérrima ópera de Mozart –filme que no pude ver, porque pasó de puntillas por la cartelera, pero del que tengo muy buenas referencias-.

 

       Ahora le toca el turno al remake, en el sentido más literal del término –que excluye lo que Brannagh ha venido haciendo hasta ahora, las adaptaciones provenientes de diversos formatos, y más o menos libres-, una revisión cinematográfica de Sleuth, una película que se cuenta entre las más fascinantes del Cine en la prodigiosa década de los setenta, testamento fílmico de uno de los grandes cineastas clásicos, Joseph L. Mankiewicz. Un purista puede reprobar mi comentario, pues en realidad Sleuth era en 1972 y es en 2007 una puesta en escena cinematográfica de una obra teatral de Anthony Schaffer, pero si he hablado de la maniobra, digamos intrínseca, del remake es por la enorme repercusión del filme de Mankiewicz y porque Brannagh deja muchas pistas de su devoción por la misma, tantas que erigen la propia concepción y naturaleza del filme.

 

       La versión Brannagh se caracteriza por una deliberada impostación, y por la frialdad con la que está servida, que en los mejores momentos llega a abrumar al espectador. Desde el primer al último plano se nos propone un ejercicio de refinamiento estilístico, que sofistica con apuntes de hi-tech el cierto barroquismo inherente en la atmósfera de la obra de Schaffer,  exprimiendo con gusto y saña la percusión de colores (azul y rojo) en busca de la estilización del plano y su composición,  jugando continuamente con la aparatosidad del encuadre –planos quebrados, rebuscados, apaisados, distorsionados- cual si tratara de demostrar que la cámara es el tercer peón en discordia, un ojo omnisciente tan juguetón como las criaturas a las que retrata. Aunque las soluciones formales de Brannagh resulten a menudo estimulantes, su teatralidad, tan evidente, acaba por mermar las principales cualidades de la película que revisiona: la credibilidad y la sordidez. El espectador termina por darse cuenta del juego dentro de un juego en el que se halla, el cinematográfico inserido en el que propone el libreto, y de ahí a esa sensación de artificio a que me vengo refiriendo. Aunque parezca paradójico, a ello coadyuva en cierto modo la relectura argumental (que viene firmada por el mismísimo Harold Pinter), que afila demasiado los diálogos, tan calculados que les falta frescura, y que en los últimos compases del filme se atreve a dar otra vuelta de tuerca argumental donde aflora un discurso cargado de cierta ambigüedad sexual, idea interesante pero que no acaba de resolverse con suficiente pericia en su concreción escrita y filmada.

 

       En el apartado actoral, resulta curioso ver a Michael Cain,e asumir el papel del que era su adversario en la versión de Mankiewicz, se trata sin duda de un interesantísimo reto interpretativo del que el actor sale airoso. Otra curiosidad menos evidente es la que atañe al modo en que Brannagh vuelve a cruzar sus pasos con Laurence Olivier. Recordemos que Olivier filmó en los años cuarenta dos magníficas versiones shakespearianas a las que Brannagh replicó con talento en los noventa; en lo que concierne a Sleuth, fue Andrew Wike en la versión de 1972 y sugestionó a tantísimos espectadores con su interpretación. Olivier y Brannagh, decía, vuelven a coincidir, de un modo que parece accidental, pero sobre el que se aceptan toda clase de  especulaciones.