VOZ OVER

DAVID_FINCHER

ZODIAC

Escrito por voiceover 23-05-2007 en General. Comentarios (0)

 

 

 

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T.o.: Zodiac.

Director: David Fincher.

Guión: James Vanderbilt, basado en el libro de Robert Graysmith.

Intérpretes: Jake Gyllenhaal, Robert Downey, jr, Mark Ruffalo, Anthony Edwards, Brian Cox, Elias Koteas, John Carroll Lynch, Chlöe Sevigny, John Getz, Dermot Mulroney.

Música: David Shire.

Fotografía: Harris Savides.

EEUU. 2007. 158 minutos.

 

    David Fincher plantea en esta Zodiac una crónica, de mirada panorámica y apariencia desapasionada, de la perpetración e investigación de diversos asesinatos perpetrados por “Zodiaco”, un asesino en serie que actuó en California del Norte durante, al menos, diez meses desde finales de los años sesenta y fue responsable, al menos, de siete muertes violentas (con arma blanca o de fuego); él mismo eligió su nombre en una serie de cartas amenazantes que envió a la prensa hasta 1974; en sus misivas incluyó cuatro criptogramas, de los cuales tres todavía no han sido descifrados. La triste celebridad del llamado Asesino del Zodiaco en la crónica negra americana tiene mucho que ver con que su identidad siga siendo, casi cuarenta años después, una incógnita (el Departamento de Policía de San Francisco declaró la investigación "inactiva" en diversas ocasiones, tantas como lo ha reabierto, la última en marzo de 2007).

 

Parece ser que David Fincher guarda un vivo recuerdo de los meses en los que el caso estaba candente y la sucesión de asesinatos –y su condición mediática: la publicidad en los medios de comunicación- fueron la simiente de miedo y hasta paranoia en el hábito rutinario de los habitantes de diversas regiones californianas, entre ellas el lugar en el que Fincher creció. Allende esas cuestiones digamos que de predisposición emocional, lo cierto es que la espléndida película que rubrica contiene, en su temática, el epítome de las inquietudes que han ido sazonando los diversos discursos de sus obras precedentes, que cabría abreviar en la irrupción de un hado infausto y poderoso que convierte lo apacible en nada más que una apariencia frágil en la vida pacífica de la comunidad (veamos: desde un alienígena que irrumpe en una cárcel interestelar –Alien 3- a unos delincuentes que invaden literalmente una morada particular con los inquilinos dentro –The Panic Room-, desde el gusto bizarro de las emociones fuertes como coda contra la rutina –de los hermanos wasp protagonistas de The Game-, a la reacción visceral canalizada a puñetazos contra un sistema que domestica al ser humano – The Fight Club-; y, claro está, el psycho-killer fanático que incluye entre sus víctimas al propio investigador de sus asesinatos -Seven-). Que todas estas temáticas se barnicen aquí en la textura de una historia verídica suponía un riesgo y supuso un feliz acicate para el director, que ha sabido compendiar su estilo en los códigos –férreos- de la historia escrita por James Vanderbilt en base al libro de Robert Graysmith y ha rubricado su película más difícil hasta la fecha. También, claramente, la más redonda.

 

   La película empieza del modo más inquietante: su prólogo nos muestra uno de los asesinatos, el acaecido en la noche del Cuatro de Julio de 1969 en un estacionamiento de autos en Blue Rock Springs, en Vallejo. En el largo y denso metraje del filme (158 minutos), sólo tres escenas más, aisladas y de corta duración, referirán visualmente los asesinatos (o tentativas). La prologal sirve a la perfección al aliento de toda la narración, porque la envolverá; todas ellas guardan una relación casi fantasmal con las cuitas e indagaciones que jalonan el resto del metraje: su fuerza y sentido gráfico del horror radica precisamente en su concisión expositiva, los magistrales mecanismos de tensión que Fincher elucubra, y la violencia que las caracteriza, una violencia seca, desnuda, despojada de aspavientos formales, abundando en el sentido de esa realidad que se está retratando. Sumada la duración de todas ellas, no superan los quince o veinte minutos, pero cada una de ellas supone, amén de un auténtico tour de force visual –aquel picado nocturno, con cartesianos movimientos de cámara, que sigue al taxi; la secuencia junto al lago, que llega a plantear un diálogo entre agresor y agredido previa salvaje resolución a navajazos; la introducción de la máxima indefensión, una madre con su bebé, en la secuencia de la autopista, y su sórdida resolución...-, la más inequívoca plasmación de esa fuerza destructiva que será inductiva del relato: hay muchos y sutiles vasos comunicantes con la investigación, argumentalmente mediante las cartas remitidas a los periódicos y las pesquisas policiales in situ, pero también en el apartado tonal, contaminando de plano los ejes intelectuales en los que se sustenta el pormenorizado relato de las investigaciones que llevan a cabo policías y periodistas.

 

Tras el mencionado prólogo, que es la puerta a la brutalidad, por corte se pasa a otro escenario muy distinto, pero que se revelará como la otra puerta abierta, a la sospecha y a la angustia, las dos sustancias psicológicas, bien agitadas, de que se construye esta historia. Un plano general de la bahía de San Francisco nos mostrará su skyline en una mañana soleada, de allí pasaremos al trajín matutino de sus calles y comercios, de allí en concreto a seguir el curso de la correspondencia que llega a la redacción del “San Francisco Chronicle”, hasta que esa rutina se quiebra en el contenido de un sobre, la caja de los truenos. Zodiac propone el mismo juego que concierne a los criptólogos que aparecen en las imágenes: abre y engarza con sobriedad y un sentido de la meticulosidad diría que matemático los abundantes y complejos recovecos, pistas y sospechosos de esa investigación, así como los diversos agentes involucrados. Ello mediante una descripción espléndida de los diversos personajes en liza, descripción que da la medida del tratamiento de la historia, cómodamente instalada entre lo objetivo y subjetivo de la narración, en una tierra de nadie entre la frialdad y el dramatismo que se convierte en enseña rítmica y tonal del filme, y ello merced de la asombrosa capacida de Fincher por concretar visualmente cada detalle, cada nuevo intríngulis, los tan bien medidos y escuetos momentos de tensión, y, sobretodo, la sobriedad con la que se despachan las motivaciones de cada personaje, principalmente de los periodistas Robert Graysmith (Jake Gyllenhaal) y Paul Avery (Robert Downey, Jr) y del inspector David Toschi (Mark Ruffalo), pero con una panavisión que se extiende a otros personajes con peso menor pero no futil en el devenir de la trama (William Armstrong –Anthony Edwards-, el abogado Melvin Belly –Brian Cox-, el Sargento de la Policía de Vallejo Jack Mulanax -Elias Koteas- y el sospechoso Arthur Leigh Allen –John Carroll Lynch-). Debo decir que los actores, todos ellos, se prestan de una forma brillante a esa economía descriptiva que les concierne, y la tarea del reparto coral de esta película es uno de los más despampanantes de los últimos años.

 

Película sin parangón en el panorama del thriller americano de los últimos años (principalmente porque se dedica constantemente a romper todas las convenciones), hay que buscar las referencias de la obra más bien en las películas que asociaban tramas políticas y criminales que proliferaron en el cine americano de los años setenta, del Alan J. Pakula de All the President’s Men o Klute al Sidney Pollack de The three days of the Condor. En el filme vemos otra referencia del cine de aquellos años, no homenaje, pero sí recordatorio del primer título de la serie Dirty Harry, obra precisamente basada en los sucesos del asesino del Zodiaco y que narraba los avatares de un policía a la caza de un asesino en serie que asolaba las calles de San Francisco y al que se conocía como... Scorpio. Por otra parte, los escasos momentos en los que se muestran las pulsiones del asesino –en sus manifestaciones por correspondencia o llamadas telefónicas- también traen recuerdos de un filme más o menos reciente de Spike Lee donde se refería un caso semejante, el asesino llamado Sam que operó durante un caluroso verano en Brooklyn (SOS Summer of Sam); bien pensado, Lee debió sin duda tomar buena nota de los archivos del Zodiaco en su documentación para la película.

 

He hablado de diversas referencias que se hacen presentes en la textura o detalles del filme y que coadyuvan a su descripción, pero que en modo alguno son preponderantes: repito que Zodiac es un filme de marcada idiosincrasia y personalidad, la obra en la que Fincher presenta su tesis (¿la catarsis personal por aquellos hechos que en su infancia le marcaron?), una película sin una sola concesión comercial (incluido el desangelado desenlace), de atmósfera envolvente y una piel fina que se va descascarando para concitar la más pura fascinación. Fascinación por el modo en el que nos toca convivir con el miedo, por cómo se sedimenta en nuestra rutina –las secuencias en las que Robert mira el televisor con su hijo, primero cambiando de canal y después no, o la secuencia, de gran belleza plástica, en la que se sobreimpresionan a las geometrías escénicas de la redacción del periódico o de las calles de la ciudad las letras de los titulares de periódicos que refieren los avatares del asesino-. Fascinación por la abstracción del mal contrapuesto a los condicionantes fácticos de una investigación (garantías del due process in law, conflictos jurisdiccionales, el mero paso del tiempo que acaba ocasionando que el interés por la caza del asesino se erosione,  “pase de moda”, por mucho que Robert y el inspector Toschi sigan dándole vueltas a las pruebas…). Fascinación por el diferente modo en que ese horror pasa a formar parte de la vida de las personas que lo combaten (el talante de Eagle-scout de Robert, que le lleva a seguir –casi- hasta el final, mientras que los policías Armstrong y Toschi se van rindiendo a la no-evidencia, y, el más sangrante de los casos, Paul Avery se deja llevar por la senda de la autodestrucción al involucrarse hasta los tuétanos y sobrevenir su incapacidad por salir del laberinto…)

 

 

SEVEN

Escrito por voiceover 22-05-2007 en General. Comentarios (0)

 

 

 

 

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T.o.: Se7en.

Director: David Fincher.

Guión: Andrew Kevin Walker.

Intérpretes: Brad Pitt, Morgan Freeman, Gwyneth Paltrow, Kevin Spacey, R. Lee Ermey, Daniel Zacapa, John C. McGinley.

Música: Howard Shore.

Fotografía: Darius Khondji

EEUU. 1995. 114 minutos.

 

Cuando fue estrenada en 1996, crítica y público saludaron a esta Seven como uno de los thrillers más innovadores de los últimos tiempos, y a su responsable David Fincher se le colgó rápidamente el marchamo de indomeñable énfant terrible del cine americano, crédito confirmado con su ulterior y polémica The Fight Club, pero diluída con el paso del tiempo por la poca profusión tras las cámaras de un realizador que personalmente creo ha alcanzado su masterpiece en 2007 con el estreno de su sugestiva Zodiac. Volviendo a Seven, es justo reconocer que su temática de raigambre más o menos gótica –la investigación criminal de unos obtusos asesinatos perpetrados por un psicópata con delirios de ángel vengador, y que reproduce en el modus operandi de sus acciones criminales una retorcida parábola sobre los siete pecados capitales- recogía la herencia más o menos reciente de The Silence of the Lambs y, como aquélla, abonó infinidad de influencias en el género policiaco tanto cinematográfico como televisivo (que, inevitablemente, se reprodujeron ad nauseam y muy poco a menudo con interesantes resultados).

 

Y estoy por la labor de reconocer las virtudes de la película, virtudes que tienen que ver con la afición y pericia de Fincher en la filmación de esa sordidez, esto es la habilidad en el perfil visual de los diversos asesinatos que se van concatenando, el dominio de un tono hábilmente situado en la equidistancia entre la soterrada convencionalidad y la aparente malsanía, y, en fin, la atractiva resolución en imágenes de los momentos de tensión cinegética que van jalonando la trama. Fincher se revela aquí (como en todas sus obras) como un ojo creador de llamativas fórmulas narrativas, golpes de intensidad tan dignas de mención como el propio collage de los títulos de crédito o los planos descriptivos de los diversos lugares del crimen.

 

 

La labor de Fincher, empero, no se recuerda tanto como el enrarecido twist argumental que marcaba el desenlace del filme y aciago devenir de los personajes; se trataba, qué duda cabe, de una magnífica triquiñuela del guión de Andrew Kevin Walker; sin embargo, al no librarse de su patente artificio, daba por convertir en fungible el sentido e interés del filme en un segundo visionado, tras la disolución de ese efecto sorpresa. Se puede decir que eso sucede en muchas películas, por ejemplo las de M. Night Shyamalan; sin embargo, los revisionados de obras como Unbreakable o The Sixth Sense resultan mucho más agradecibles que el de Seven, y ello porque, en todo caso, donde en Shyamalan existe una portentosa orquestación visual y argumental, en el filme de Fincher se hallan diversos elementos cuyo tratamiento resulta insatisfactorio y lastran la intensidad de la película: por un lado está esa cierta gravedad en la mirada de los grandes temas bíblicos, un deje de trascendencia mal o poco despachado (no basta citar a Dante o a Hemingway para sedimentar en el texto del filme esa sutil presencia de un hado trágico sobrenatural, que planea pero no se concreta en la atmósfera del filme); por otro lado, es deficiente el tratamiento –ya en el propio guión, no soslayado en la traslación a imágenes- de las secuencias familiares o intimistas, demasiado forzadas en su prefiguración y vanales, hasta tediosas, en su contenido; relacionado con lo anterior, la interpretación de Bratt Pitt podrá justificarse desde el punto de vista de la taquilla pero no en términos artísticos: el actor se halla bien lejos de dar la medida dramática que la película quería proponer (y cuyo peso le hubiera correspondido), y no le aguanta el tipo en una sola escena a sus comparsas, éstos sí convincentes, Morgan Freeman y Kevin Spacey.

 

ALIEN 3

Escrito por voiceover 10-04-2007 en General. Comentarios (0)

 

 

 

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T.o.: Alien 3.

Director: David Fincher.

Guión: David Giler, Walter Hill y Larry Ferguson, basado en una historia de Vincent Ward, y en personajes creados por Dan O’Bannon y Ronald Shusett.

Intérpretes: Sigourney Weaver, Charles S. Dutton, Chales Dance, Pul Mc Gann, Brian Glover, Danny Webb, Lance Henriksen.

Música: Elliott Goldenthal.

Fotografía: Alex Thomson.

EEUU. 1992. 107 minutos.

 

La mayor curiosidad que entraña la franquicia del extraterrestre inventado por Dan O’Bannon es que cada nuevo baluarte ha querido marcar unas propias señas de identidad. Si Aliens, el regreso se convirtió en manos de James Cameron en una epopeya que combinaba el suspense con la acción castrense en toda regla, David Fincher –neófito en el cine por aquellos tiempos- quiso cobijarse de nuevo en la alargada sombra de la mítica película original de Ridley Scott, siguiendo las directrices del entramado temático de una película de terror del corte de “el octavo pasajero”, apoyándose con fuerza en la dirección artística (en este caso de Norman Reynolds), y aderezando el invento con ciertas improntas estilísticas –que a estas alturas ya son moneda de cambio habitual del director de Seven, y que en Alien 3, como en cualquiera de las ulteriores películas de Fincher, presenta alguna solución visual imaginativa, pero padece de cierto efectismo e incluso me atrevería a decir que de ciertas pretensiones-.

 

A la vista de todo ello, quizás el análisis más interesante de la película reside en el statu quo que Ripley –siempre encarnada con idéntica solvencia por Sigourney Weaver- adquiere en relación al monstruo. Sabemos que la actriz exigió morir en el filme para terminar de una vez con su encasillamiento (cosa que no consiguió, como bien saben los que han visto Alien Resurrection), y Vincent Ward y demás intervinientes en el guión, con la posterior complicidad del ojo de Fincher, quisieron rubricar un final con cierto deje lírico: de este modo, pronto descubrimos que Ripley está cobijando una criatura en su interior (está embarazada), que por tanto el Alien vivo no le va a hacer ningún daño, y después descubrimos que su muerte anunciada le llevará a un final parejo con el de la especie alienígena. Los espectadores que recuerdan la intimidad de Ripley con el primer alien en el último jalón del filme de Scott, o el de tú a tú con la Alien Madre en el clímax de Aliens, pueden dar nueva comba a dicha relación –que tan del gusto de Cronenberg debe resultar-: Ripley se convierte, en cierto modo, en la madre de la criatura, y, más que el miedo o el odio, la resignación a la simbiosis planea en los primeros planos de la Weaver, cuando ésta se enfrenta a su destino, y cuando se tira a la caldera ensangrentada y retiene en su regazo la criatura que ha emergido del doloroso parto.