Z

Escrito por voiceover 19-09-2007 en General. Comentarios (0)

 

 

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T.o.: Z

Director: Constantin Costa-Gavras.

Guión: Constantin Costa-Gavras y Jorge Semprún, basado en la novela de Vassilis Vassilikos.

Intérpretes: Jean-Louis Tringtignant, Yves Montand, Iréne Papas, Jacques Perrin, Charles Denner, François Périer,  Pierre Dux.

Música: Mikis Theodorakis.

Fotografía: Raoul Coutard

Francia-Argelia. 1968. 123 minutos.

 

Filme muy celebrado en su época (probablemente, el año 1968, tan convulso a escala global, fue un momento especialmente oportuno para el estreno de la película) y que dio celebridad a la casta y talante combativo del realizador griego Constantin Costa-Gavras, esta Z adaptaba a la gran pantalla una novela de Vassilis Vassilikos en la que se denunciaba unos trágicos hechos acaecidos en 1963, el complot político que se concretó en el asesinato en Salónica de un diputado griego pacifista que se había convertido en adalid de la oposición al gobierno y que se hallaba en aquella ciudad liderando una manifestación contra la instalación de centrales nucleares; la pericia y valentía del Juez instructor del caso llevó a la luz pública el referido complot y germinó en la acusación formal dirigida contra altos cargos de la prefectura policial y el gobierno; los espectadores que se acerquen hoy al filme no conocen a fondo la trascendencia de estos hechos, por lo que no está de más decir que aquel escándalo precipitó en 1967 un golpe de estado en Grecia, conocido como el Golpe de los Coroneles, que acabó con el gobierno de la extrema derecha que, a pesar de la aparente fórmula democrática, gobernaba con modos dictatoriales.

 

         Allende los considerandos históricos, a Z se la recuerda por ser una de las películas que pusieron en boga el subgénero de cine político, deviniendo uno de sus primeros (probablemente su precedente más relevante sea la espléndida La Batalla de Argel, de Gillo Pontecorvo) y más ilustres exponentes. Sus aspiraciones combativas se encontraron con muchas cortapisas, pero también con insignes complicidades: por un lado, el proyecto estuvo a punto de quedarse sin productor, y se convirtió en una producción franco-argelina (quizá en Argelia podían creer en un proyecto de ese corte precisamente raíz del éxito de la citada película de Pontecorvo) en la que fue providencial el auspicio recibido del joven actor francés Jacques Perrin (quien, reveladora anécdota, actuó en la película en la piel del joven fotógrafo que ayuda a destapar la trama); por otro lado, el mismísimo Jorge Semprún colaboró con Costa-Gavras en la confección del libreto, responsabilizándose de los afilados diálogos, y en el apartado musical se contó con Mikis Theodorakis, precisamente un represaliado del régimen que el filme denunciaba, y que firmó una partitura poco menos que sublime, combinando con gran elocuencia estética lo apacible y espeluznante.

 

         El resultado en imágenes es, a mi parecer, brillante. Y, contrariamente a lo que he leído en otros foros, no opino que la naturaleza de esas imágenes y de esa construcción narrativa hayan envejecido mal. Bien al contrario, en Z aparece bien vigente un logro bien difícil, cual es el de equilibrar el mordiente ideológico (o las entrañas del creador, sus ansias de denuncia) y el elaborado artefacto narrativo (el intelecto, la pericia del cineasta). El afán eminentemente discursivo es el que vehicula absolutamente todas las descripciones de tipos y situaciones que el filme va desgranando, pero el modo de concretarse obedece a las convenciones del thriller más absorbente; esa abierta denuncia no sólo se perfila en secuencias concretas y explícitas -como la del prólogo o los speechs políticos, o incluso la escena del incidente/asesinato del Diputado que encarna Yves Montand- sino que se va hilvanando con mil detalles que se van imbricando en la estricta trama judicial y que al mismo tiempo van enriqueciendo la radiografía de todas las clases presentes en el entramado político y social de la ciudad escenario del filme,  así como su papel, activo, pasivo o tan a menudo instrumentalizado (me llama la atención el hincapié del filme en confundir de un modo progresivamente patente la condición entre verdugos y víctimas de los miembros del CROC, esa organización secreta que actúa untada por la policía: interesa a la narración la condición social de esos miembros –pertenecientes a las capas sociales más deprimidas- y la supina ignorancia en la que viven inmersos, fácilmente aprovechable a los infames fines del Poder; en el epílogo, se nos revela que muchos de esos miembros han muerto en condiciones extrañas, dejando bien aireada la sospecha de haber sido liquidados por temor a que hablaran más de la cuenta).

 

         Buena parte del mérito de este agudo y rabioso retrato político mixturado con la mejor tradición del thriller radica en su virtuoso ritmo, y al que colabora con mucho la magnífica tarea en labores de montaje de Françoise Bonnot. Con esa inestimable ayuda, las estrategias narrativas utilizadas por el realizador de Missing combinan en justa medida la concisión expositiva con una mayúscula intensidad en lo dramático (todo lo que gira entorno a la muerte del diputado, el sufrimiento de su esposa, los infaustos capítulos hospitalarios) y la mayor elocuencia en lo discursivo (vehiculado a partir de las revelaciones que van jalonando la investigación judicial del juez intertpretado por Jean-Louis Tringtignant), siendo digno de mención al respecto que Costa-Gavras se atreva incluso a introducir ciertos elementos hilarantes a la trama político-criminal conforme ésta se acerca a su desenlace (véanse por ejemplo las secuencias encadenadas que muestran las diversas imputaciones sobre los militares y el intento, idéntico por parte de todos ellos, de huir por una puerta de atrás para rehuir a la prensa), cambio de registro sobrevenido que no debe verse como una banalización de lo trágico sino como una bien medida sobredefinición de tonos cuya única finalidad es acerar al máximo el dibujo de las corruptelas del aparato burocrático.