
T.o.: Just a Kiss.
Director: Ken Loach.
Guión: Paul Laverty
Intérpretes: Atta Yaqub, Eva Birthistle, Shamshad Akhtar, Ghizala Avan, Ahmad Ryaz, Shy Ramsan.
Música: George Fenton.
Fotografía: Gary Ackroyd
GB. 2004. 107 minutos.
El Ken Loach(-Paul Laverty) que nos ocupa no vuela como aquella brillante y precedente Sweet Sixteen. Antes bien se arrastra demasiado arrás de suelo. El filme del llamado director británico de la working class (o de la low middle class?) acusa diversas deficiencias insalvables. En primer lugar, la temática-filón de su historia: Loach quiere hablarnos de los insalvables conflictos que puede haber lugar en el seno de la sociedad occidental actual cuando dos personas de diversa raza, origen y creencias se enamoran: se pretende la narración de un poderoso drama, y probablemente el primer óbice es la errónea gravedad de la propuesta, que obliga a Laverty y a Loach a hacer ciertos malabarismos argumentales que terminan por caer en el tópico o incluso (ay) en el terreno de lo grotesco. En segundo lugar, el tratamiento de la historia no permite en esta ocasión una lectura desde prismas más abiertos, no se articula como un buen ejemplo de la problemática en cuestión, porque Loach se demora demasiado en los pequeños detalles cotidianos de la relación de Ms. Hanlon y Cassey. Ello no sería un mayor problema si no fuera patente que el afán ejemplarizante motivaba la partitura visual del director, con lo cual nos encontramos con una serie de personajes-satélite mal o poco tratados, que sólo se mueven como nebulosas al son de los (des)amores –a la postre, retratados con la mayor convencionalidad- de los protagonistas.
Carente de tan elementales señas de identidad de muchas otras películas de Loach, el filme naufraga desde la secuencia de la escapada de la pareja a España, pierde el rumbo y el pulso y no lo recupera más, y el espectador se ve abocado a una intrascendente (y a menudo inverosímil) sucesión de acontecimientos aborrecibles, huérfanos de toda intensidad.

T.o.: The Wind that Shakes the Barley.
Director: Ken Loach.
Guión: Paul Laverty.
Intérpretes: Cillian Murphy, Pedraic Delaney, Liam Cunningham, Gerard Kearney, William Ruane.
Música: George Fenton.
Fotografía: Barry Ackroyd.
GB. 2005. 110 minutos.
No sin las habituales polémicas, The wind that shakes the barley se llevó la Palma de Oro en la edición 2005 del Festival de Cannes, acaso el más prestigioso de la cinematografía actual. Se llevaban el gato al agua el incombustible Ken Loach y también quien viene afianzándose hace años como su fiel guionista, el otrora abogado Paul Laverty.
Quien esto suscribe no es un arrebatado seguidor del autor de Tierra y Libertad, autor cuyo marchamo de “comprometido” puede a veces confundirse con la calidad de sus filmes (sin ir más lejos, su última película, Sólo un beso, era una infumable -por arquetípica y falaz- radiografía de las relaciones interculturales en el mundo globalizado, y en cambio la previa Sweet Sixteen era una película de una lírica e intensidad sin mácula, por mucho que cupiera discutir el mayor o menor realismo de su exposición). En el caso que nos ocupa, Loach vuelve a adentrarse en la narración de corte histórico, y concretamente en la mella humana de los embates acaecidos a principios del siglo pasado en la Irlanda que reivindicaba sus derechos nacionales. Grosso modo, Laverty y Loach proponen un reverso de la narración de aquel (por otro lado, magnífico) biopic de Michael Collins que filmó Neil Jordan en los noventa. Guionista y director concentran sus esfuerzos y su técnica cinematográfica en la plasmación de un discurso mucho más atento a las penurias inherentes a los irlandeses de cepa rural, y el modo en el que el pacto –para muchos, triunfal- de Collins dejó al margen los problemas económicos de esa importante facción humana, individuos que abrazaron los dogmas del emergente socialismo y se convirtieron en resistencia activa al nuevo statu quo pactado con el imperio británico.
Hay que aceptar que Loach prima el discurso sobre cualquier otro condicionante, y que por tanto no es extraña la utilización de los diálogos y la narración de muchas situaciones desde ese punto de vista pueril. En The wind that shakes the barley ese dogmatismo se acusa (y grava la calidad de la película con ciertos dramatismos acaso innecesarios) sobretodo durante la primera mitad del metraje. La habilidad descriptiva de Loach, sin embargo, se impone con fuerza desde el momento en que se crean los bandos antagónicos que darán lugar al fratricidio, quintaesencia simbólica del conflicto que no por esperada resulta menos intenso. En muchos compases del filme, una vez se establecen claramente las marcas identitarias de la historia propuesta, Loach da muestras de su innegable talento en el manejo de la cámara, en la dirección de actores, en la creación de intensidades y de atmósferas absorventes (hacia su discurso). Ahí es nada el bellísimo plano final del filme, la casa destartalada, progresivamente aniquilada, huérfana, y, principalmente, inocente, víctima de los tiempos y las imposiciones ideologicas.