EL RETORNO DEL JEDI

 

 

 

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T.o.: The Return of the Jedi.

Director: Richard Marquand.

Guión: George Lucas y Lawrence Kasdan, en base a una historia del primero.

Intérpretes: Mark Hammill, Alec Guiness, Harrison Ford, Carrie Fisher, Ian McDiarmid, James Earl Jones, Peter Mayhew, Kenny Baker, Anthony Daniels, Frank Oz.

Música: John Williams.

Fotografía: Alan Hume y Alec Mills.

EEUU. 1983. 133 minutos.

 

Aunque no suela mencionarse entre los círculos de fans de la (primera y mejor) trilogía galáctica de Lucas, aunque incluso éste lo niegue, a mí siempre me ha parecido del todo claro que desde el punto de vista narrativo no se puede hablar de una trilogía, antes bien de un díptico, dos capítulos perfectamente aislados, el primero, correspondiente a la primera película, sobre la destrucción de la Estrella de la Muerte, y el segundo, conformado por el hilo enlazado entre la segunda y tercera películas, sobre la venganza o el retorno del Jedi. Entiendo sin duda que, precisamente la mejor de las tres películas, Empire Strikes Back, debería ya haberse titulado The Return of the Jedi o The Revenge of the Jedi, acompañado de un Part I.

 Se trata, supongo, de meras discusiones anecdóticas, si bien valen para introducir lo que este capítulo decisivo representa en la topografía de la saga: la terminación de la historia planteada y desarrollada en Empire...: el enfrentamiento de Luke contra el lado oscuro para conseguir devolver el equilibrio a la fuerza, y la liberación de la galaxia de las garras imperiales. Todo ello explica también la dilatación de la trama en dos segmentos: el introductorio en la fortaleza de Jabba el Hutt (que se merienda media hora larga de película únicamente para narrar la rehabilitación de Han Solo), y especialmente el que tiene que ver con el bosque de Endor y sus habitantes de peluche, decididamente el fragmento más débil y superfluo de toda la trilogía (otra cosa es lo rentable que le salió a Lucas el invento, ya que los Ewoks dieron lugar a una auténtica franquicia, aunque la innegable mano de oro de Lucas para los negocios no es moneda de cambio para la calidad de los filmes y por tanto no es materia de discusión aquí).

         Al otro lado de estos meros accesorios, esta Return... cuenta con los momentos más culminantes de la historia, que, más allá de la megalomanía inherente de la liberación de la galaxia –que conceptualmente, y a diferencia de lo que sucede con la segunda trilogía, no deja de ser una anécdota-, se sitúan, claro, en el cumplimiento por parte de Luke de su destino como último Jedi (con permiso de su hermana), la aniquilación de las fuerzas oscuras y el restablecimiento del equilibrio de la fuerza cuando el villano Vader abandona su corrupción y entrega su vida por salvar a su hijo, recobrando así el nombre de Anakin Skywalker, y el título de Caballero Jedi. De esa culminación y todo lo que lo circunda extrae toda su fuerza este tercer capítulo, también dirigido con pulso artesanal por el malogrado Richard Marquand, igual de dinámico en la narración que sus precedentes, y en este caso bajo el cobijo en el guión de otro grande, Lawrence Kasdan, que igualmente da la talla de unos diálogos que saben avanzar a caballo entre lo meramente jocoso y lo épico.

 

         En definitiva es este episodio -que me empeño en clasificar de Tercero- otro magnífico exponente del cine de aventuras, bien planteado y ejecutado, que entiendo que es el mejor epíteto que puede merecer una obra de este cariz.

 

 

EL IMPERIO CONTRAATACA

 

 

 

 

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T.o.: Empire strikes back.

Director: Irwin Keshner.

Guión: Leigh Brackett y Lawrence Kasdan, en base a una historia de George Lucas.

Intérpretes: Mark Hammill, Alec Guiness, Harrison Ford, Carrie Fisher, David Prowse, James Earl Jones, Billy Dee Williams, Peter Mayhew, Kenny Baker, Anthony Daniels, Frank Oz.

Música: John Williams.

Fotografía: Peter Suschitzky.

EEUU. 1980. 131 minutos.

 

A menudo se cita a esta Empire Strikes Back junto a The Godfather Part II como ejemplos paradigmáticos de que no todas las secuelas son peores que sus precedentes. Que no fallan en el ejemplo de la saga Corleone me parece de todo punto indiscutible (si bien insertando el matiz de que, en lo que concierne a la comparativa de las dos películas de Coppola, las obras maestras se igualan, pero no se superan). En lo que concierne a la saga galáctica de Lucas, hay motivos evidentes que explican la sensible mejora que el segundo capítulo (quinto, para freakies) introduce respecto del original, motivos para todos los gustos, para todos los enfoques que admite la visión de la fantasía galáctica por excelencia del cine mainstream: primero, Lucas deja de recibir el sinfín de presiones que le atenazaron previo el estreno de Star Wars, y puede así concentrarse en su trabajo, llegando incluso a ceder la dirección de la película a un solvente artesano, Irvin Keshnerautorrelegándose Lucas a la tarea embrionaria (articular la trama) y a la supervisión (productor), lo que demuestra cuán consciente era del estatus primordialmente industrial del producto- ; segundo, Lucas mantuvo la cabeza fría tras la borrachera de dólares del precedente, y supo arroparse de magníficos guionistas –Lawrence Kasdan y Leigh Brackett- que supieron engrandecer la simple trama sobre el bien y el mal que una vez el bueno de George elucubrara bajo influencia de antiguos manuscritos de raigambre mitológica; tercero, la ILM –los FX- ya no tenía nada que ver con la destartalada factoría que, John Dykstra a la cabeza, se encargara del original, y los alardes técnicos y el maquetismo presentan una visible mejoría, alcanzando cotas de auténtico virtuosismo visual.

 

         Con esta suculenta baraja sobre el tapete –en la que, no me cansaré de insistir, Lucas dictaba cada movimiento-, Empire Strikes Back supera de mucho el cuño de space opera de su precedente para erigirse en una brillante historia que, aunque clasificada a partir de sus múltiples segmentos aventureros, consigue extraer de los elementos una inusitada carga dramática, todo ello arropado por el enorme dinamismo de la narración visual –que no da tregua- y de los portentosos diálogos que Brackett/Kasdan se sacan de la manga y que, transcurridos tantos años desde el estreno del filme, han pasado a servir a la quintaesencia de esa condición mitológica adquirida por los personajes protagonistas.

 

 

LA GUERRA DE LAS GALAXIAS

 

 

 

 

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T.o.: Star Wars.

Director: George Lucas.

Guión: George Lucas.

Intérpretes: Mark Hammill, Alec Guiness, Harrison Ford, Carrie Fisher, David Prowse, James Earl Jones, Peter Mayhew, Kenny Baker, Anthony Daniels, Peter Cushing.

Música: John Williams.

Fotografía: Gilbert Taylor.

EEUU. 1977. 127 minutos.

 

Star Wars, más allá de acuñar un género propio -la space opera-, más allá del mito, del blockbuster que se reinventó Hollywood, es una entretenida película de aventuras ubicadas en el espacio. Auspiciada por George Lucas, que la asumió como propia hasta las últimas consecuencias desafiando a las corporaciones (hasta que casi tres décadas después, y cuando se termina la sexta y últma entrega, él mismo y su equipo se han erigido en una corporación), el director de American Graffiti quiso redefinir el concepto de la celebérrima 2001: An space odissey de Kubrick realizada ocho años atrás, y aplicar la grandilocuencia de los FX espaciales al más puro entertainment, a una historia de lucha entre buenos y malos perfectamente definidos, acuñada por el propio Lucas a partir de su lectura de diversos clásicos sobre mitologías orientales que mixtificó con tramas sacadas de los clásicos seriales de CI-Fi de serie B de los años 30 y 40. De este curioso refrito surgió el concepto de “La Fuerza” (una especie de poder mental proviniente del equilibrio de todos los elementos del universo, según Obi-Wan Kenobi le explica a Luke en los primeros compases de la película), noción que se sitúa como leit-motiv temático del filme y de la completa saga en que se convirtió tras su éxito comercial.

 

         Lucas es un espléndido narrador, y de ello rinde buena cuenta esta Star Wars, que, siéndolo, va mucho más allá del mero espectáculo visual, pues construye una historia saturada de personajes con su peso específico a los que aloja de la forma más dinámica en el metraje de poco más de dos horas, extrayendo de un esquema, en apariencia de lo más simple, auténticas dosis de agitación, desconcierto, humor, pasión. Sí, Lucas logra llevarse al espectador a su terreno –le bastan las tres o cuatro secuencias iniciales, que se narran desde el punto de vista de... dos androides-, y con el apoyo de una escenografía funcional, unos efectos especiales que por entonces no eran, en el fondo, más que imaginativos y esforzados, y sobretodo en una remanente y feliz partitura musical del maestro Williams, consigue avanzar con auténtica habilidad en su relato de fuerzas rebeldes, malvados encapuchados, fuerzas místicas, princesas y monstruos espaciales de todo pelaje.

 

         He dicho que Hollywood –su vertiente mainstream- fue reinventado en buena parte por esta película y sus continuaciones (Spielberg, su Tiburón y sus Encuentros... también tuvieron algo que ver), pero puede constatarse en el paupérrimo nivel de las grandes producciones actuales de los grandes estudios que la industria a menudo le basta con el espectáculo visual más vacuo (especialmente desde la época de la infografía que Jurassic Park auspició); la diferencia de muchas de esas películas con la que nos ocupa es que Star Wars... tenía alma.

THX 1138

 

 

 

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T.o.: THX 1138.

Director: George Lucas.

Guión: George Lucas y Walter Murch, basado en una historia del primero.

Intérpretes: Robert Duvall, Donald Plaesence, Don Pedro Colley, Maggie McOmie, Ian Wolfe, Marshall Efron, Sid Haig.

Música: Lalo Schifrin.

Fotografía: Albert Khyn, David Myers.

EEUU. 1971. 106 minutos.

 

La opera prima de George Lucas fue a la vez la primera producción de la American Zoetrope, intento de Coppola y otros estudiantes de cine de la UCLA y de la USC de llevar al cine comercial americano postulados de auteur, de liberarse de los ambages industriales de un Hollywood en horas bajas. Si el invento no funcionó en esa primera instancia, y Coppola terminó quedándose solo en su Zoetrope, es quizás porque con esta primera película, producida por el mismo Coppola, escrita y dirigida –a partir de un corto que había realizado como estudiante: THX 1138 4EB- por George Lucas, y montada por Walter Murch, la propuesta era de aquéllas que revelan un absoluto desprecio por todo cuanto no sea la creación estricta, con lo que ello tiene de quiebro con los más elementales códigos comerciales de la industria.

 

Me parece de lo más trascendente que alguien como Lucas –al que quien más quien menos le cuelga tan alegremente la estela de megaproductor que vive de rentas- diera muestras de su superlativo talento cinematográfico con esta epopeya de estricta y neblinosa ciencia-ficción, articulada a través de un complejo discurso filosófico absolutamente carente de convenciones tanto como de concesiones.

 

No solo por esa densidad argumental es THX 1138 una película de difícil visionado: también lo es por la sempiterna cerrazón que desprenden sus gélidos espacios, la claustrofobia patente en la expresión de sus intérpretes, la asfixiante partitura de Lalo Schifrin combinado con los ecos electrónicos constantes que Murch monta con tanto acierto. Por idénticas razones, THX es un filme de concepción rupturista, de una absoluta modernidad tanto temática –el discurso narrativo, lejanamente afiliado a los postulados de Philip K. Dick, y mucho más arriesgado que el de Kubrick en 2001: la desesperada lucha de un individuo para librarse de una sociedad que le niega, que patrocina un consumismo desenfrenado como religión, y donde la tecnología y los tecnócratas están puestos a disposición de una utilización despiadada del estado policial en su más tétrica concepción-, como visual –la puesta en escena de Lucas parece una apuesta constante por la inmersión a cualquier precio en el universo que se describe: los primeros planos de desesperación se conjugan con panorámicas del vacío, espacios en blanco en los que los individuos se muestran en una minúscula área, como si de borrones en el aséptico paisaje se tratara; hay una prolija y detallada descripción de los artilugios tecnológicos omnipresentes, y los decorados que dejan una perenne sensación laberíntica... -. Tan deprimente es el paisaje de THX que ni siquiera su aparente final feliz consigue dar nueva vida al desaliento que nos corroe durante todo el metraje. Algo parecido –en otra codificación genérica- a lo que sucedía al final de la opera prima de Spielberg: Duel, rodada tres años después.

 

THX 1138 revela que antes de visitar una galaxia muy lejana, Lucas ya tenía demostrada en ésta su genialidad, su inmenso talento cinematográfico.

 

 

AMERICAN GRAFFITI

 

 

 

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T.o.: American Graffiti.

Director: George Lucas.

Guión: George Lucas, Gloria Katz y Willard Huyck.

Intérpretes: Richard Dreyfuss, Paul Le Matt, Ron Howard, Charles Martin Smith, Cindy Williams, Wolfman Jack, Harrison Ford.

Fotografía: Jan D’Alquen, Ron Eveslage.

EEUU. 1973. 109 minutos.

 

Tras aquella brillante y desencajada opera prima titulada THX 1138, Lucas abrió la primera puerta a la comercialidad (la que abrió después, nunca se cerró) con esta sencilla y entrañable historia de hálito eminentemente nostálgico que se sitúa en 1962 y narra el último día de un verano para un grupo de jóvenes cuya vida espera un cambio a la vuelta de la esquina.

 

Con ese planteamiento que haría las delicias de Stephen King, y a pesar de que la película, vista ahora, está trufada de convencionalismos, hay que reconocerle incluso ese mérito a Lucas, un hombre capaz de actualizar para un público que huía de los cines las viejas narraciones que parecían condenadas a la extinción. Basta con ver ese taquillazo llamado Grease para apreciar la influencia que sobre ella ejerció esta película, que por su parte puede jactarse de ser la primera producción de Hollywood que utilizó la fórmula de la narración mediante el uso de una larga lista de hits musicales del rock americano (en este caso, fifties y sixties), prescindiendo de banda sonora original.

 

Como sabe hacer siempre, Lucas posa la cámara de un modo clásico, y su mayor riesgo consiste en aparentar que no corre ninguno. Los conflictos emocionales que el filme plantea emergen de forma callada, y se personifican de forma no menos sutil, en meros gestos en la faz de Dreyfuss, en carreras de coche de final infausto, en el personaje del DJ El Lobo... Una película, American Graffiti, que todavía hoy se puede disfrutar a diversos niveles, como saludable entretenimiento, como embrión de una forma de narrar, como retrato de una generación.

 

STAR WARS, EPISODIO III: LA VENGANZA DEL SITH

 

 

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T.o.: Star Wars, Episode III: The Revenge of the Sith.

Director: George Lucas.

Guión: George Lucas

Intérpretes: Ewan Mc Gregor, Hayden Christensen, Natalie Portman, Ian McDiarmid, Samuel L. Jackson, Anthony Daniels, Frank Oz.

Música: John Williams.

Fotografía: David Tatersall.

EEUU. 2005. 130 minutos.

 

Decía Quim Casas, en un comentario muy jocoso, que este tercer y último episodio de la saga galáctica de Lucas liberaba al crítico de esa a veces farragosa necesidad de cuidar sus comentarios para no estropear el final. En efecto, quien más quien menos, todo espectador de este excelente capítulo final sabe todo lo que sucedió previamente, pero sobretodo todo lo que queda por suceder. El espectador sabe incluso más que Yoda, quien en un momento del metraje, haciendo un alarde de su sabiduría superior, comenta a Mace Windu  que “a lo mejor la profecía del que devolverá el equilibrio a la fuerza se interpretó mal”. El espectador se sabe al dedillo la vida de Luke y de Leia, y cómo el primero se convertirá en Jedi y conseguirá a su vez que Anakin, su padre, abandone in extremis el lado oscuro, y devuelva ese equilibrio a la fuerza.

 

Toda esta perorata me sirve para comentar uns aspecto cabal relativo a los méritos de Lucas desde el punto de vista narrativo: la tarea más difícil a desarrollar en este episodio que permanecía inédito en las retinas del espectador consistía básicamente en conseguir que el enlace entre lo previo y lo sucesivo no fuera tan obvio como podía preveerse, sino que consiguiera arrastrar la atención y emoción del espectador más allá de lo anecdótico o del gusto por lo mítico. Lucas lo logra con creces, y ello merced tanto del cuidado por la historia que narra como por el impecable acabado técnico del filme –que hace bueno y plausible el cliché tantas veces escuchado de que la infografía avanza a pasos agigantados: este Episodio III es de aquellas películas que, como 2001: a space odissey en 1970, como la propia Star Wars en el 75, Terminator 2 en 1991, Jurassic Park tres años después, o The Lord of the Rings: The Two Towers en 2002, se erigen en referentes visuales de un avance tecnológico, en este caso tanto por su prodigalidad como por la nitidez con la que logra salvar el mayor escollo de la infografía: dar visos de tangibilidad a lo que se ha difundido sobre una pantalla azul (superando netamente la ya encomiable tarea de la ILM en las dos precedentes películas de esta trilogía).

 

Lucas sabe que, en esencia, lo que le toca narrar, más allá de los FX y de los desmanes técnicos, es una historia profundamente dramática, la historia de una pérdida, la de Anakin, cuya superlativa trascendencia la hace equiparable con la pérdida de un sistema político sostenible, la democracia, que da paso al unívoco imperio. Lucas concentra su(s) fuerza(s) en la narración detallada de dicha circunstancia, y codificadas las intenciones del guionista/realizador en la tragedia, mesura el ritmo de la película de modo que los acontecimientos graves –a partir del asesinato de Mace Windu- vayan sucediéndose en un crescendo que no deja espacio ni para el aliento. Por ello, y con la intención de no defraudar a aquéllos que ven en la saga galáctica uno de los máximos exponentes del entertainment puro y duro, se saca de la manga un electrizante principio de la película que regala casi media hora de, simplemente, eso: aventuras a raudales, persecuciones galácticas y duelos a espada láser, peripecias de R2 y clímax imposibles. Un espectáculo tan solvente como Lucas acostumbra a servirnos, cuya mejor declaración de intenciones es el primer plano de la película, un travelling de considerable duración que nos pone en situación de la forma más hechizante posible.

 

Después, la historia sigue por los derroteros ya comentados, y Lucas engrasa la maquinaria de la forma más inspirada que habíamos visto desde los últimos compases de Empire Strikes Back, dejando un sinfín de secuencias memorables, no ya sólo las de acción –si me tengo que quedar con alguna, posiblemente me decantaría por la lucha de Palpatine contra Yoda-destrucción del Senado -, sino también las que desarrollan los acontecimientos que conocíamos pero cuyos detalles se revelan en la sutileza de las maquiavélicas arengas que Palpatine le dedica al confuso Anakin (esa magistral secuencia en esa especie de ópera galáctica).

 

Acaso el único punto débil de la película reside en la afectada interpretación de Hayden Christiensen, que no consigue dar la medida de un papel con mucha enjundia. Sí lo consigue Ewan Mc Gregor en la piel que treinta años antes calzara Sir Alec Guiness, logrando la justa medida entre los diversos registros que de su personaje son esperables.

 

 

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