LA IMPETUOSA

T.o.: Pat and Mike.
Director: George Cukor.
Guión: Ruth Gordon y Garson Kanin
Intérpretes: Katherine Hepburn, Spencer Tracy, Aldo Ray, William Ching, Sammy White, George Matthews, Gussie Moran.
Música: David Raskin.
Fotografía: William H. Daniels
EEUU. 1952. 95 minutos.
Cuarta y última de las (nueve) películas del tándem Hepburn-Tracy que dirigió George Cukor, no tan célebre como Adam’s Rib (1949), y por lo demás perjudicada en el momento de su estreno por compartir cartelera con las película que la Hepburn había rodado previamente, nada menos que The African Queen (1951). En cualquier caso, Pat and Mike fue escrita por los solventes Ruth Gordon y Garson Kanin (precisamente repitiendo la fórmula de la citada Adam’s Rib) y contiene las marcas de corte y estilo no sólo del grueso de filmes rubricados por la mítica pareja sino también del modo de entender la comedia por parte de uno de sus más lustrosos creadores, George Cukor.
Pat and Mike narra con agilidad y habilidad endiabladas los avatares de la Patricia del título, una joven profesora de educación física que se revela portentosa competidora en diversas disciplinas deportivas (el tenis y el golf, principalmente), y que por aquellas cualidades es acogida y protegida por un manager con contactos en los bajos fondos (el Mike del título: Tracy, claro). La trama se vertebra a partir de esa pujanza de la chica en la alta competición, pero más bien mediante la figura interpuesta de su novio, un tipo alto, rubio y guapo (Aldo Ray), que tiene encandilada a Pat de tal modo que le resulta del todo gafe: cada vez que le mira, pierde la concentración y comete errores, sea con la raqueta o el palo de golf. Con esa trama de liviandad tan aparente -que dará por entroncarse invariablemente en las codas de una relación amorosa entre los dos protagonistas-, Gordon y Kanin dan rienda suelta a otra inteligente parábola sobre la guerra de sexos, al extraño –hasta paradójico- proceso de liberación de una mujer que necesita dejar atrás una devoción sentimental vacua, que le impide ser lo que realmente pretende, que amordaza literalmente sus facultades, y que –por eso lo de “paradójico”- en manos o con la ayuda del corto marcaje a que le somete Mike, su manager, irá encontrando otros sentidos a las relaciones sentimentales, al efecto virtuoso de la igualdad de condiciones como premisa básica y tan a menudo obviada.
Hepburn y Tracy dan la mejor medida de sí mismos (y ella se atreve al juego de la fisicidad en no pocos pasajes, asumiendo lo más hilarante del tono) y Cukor domina portentosamente el ritmo de la historia, hace gala de de aquella legendaria narración “invisible”, la que caracterizaba a grandes maestros del cine clásico – con él, Hawks o McCarey, entre otros-, que no se nota en alardes formales (con la salvedad de una secuencia aislada, la que muestra de forma hiperbólica y tronchante la desconcentración y febril subjetivismo de Pat en un partido de tenis), pero que sirve a la perfección la esencia de la historia, y contiene las claves del tempo y la intensidad en cada secuencia y diálogo y avance narrativo.