LOS SOBORNADOS

 

 

 

 

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T.o.: The Big Heat.

Director: Fritz Lang.

Guión: Sydney Boehm, basado en el serial de William P. McGivern.

Intérpretes: Glenn Ford, Gloria Grahame, Lee Marvin, Alexander Scourby, Jocelyn Brando, Jeannette Nolan.

Música: Daniele Amfiteathrof.

Fotografía: Charles Lang

EEUU. 1953. 88 minutos.

 

Realizada en 1953, enmarcada entre las últimas obras que el director austríaco rubricó en Hollywood, The Big Heat consta por derecho (y narices) propio(/as) en cualquier antología de Cine Negro que se precie. El filme retrata con la mayor crudeza la parte más sórdida de las relaciones entre policías y delincuentes de alta estofa, en una coda que recoge el ilustrativo título en español (el inglés remite literalmente, pienso yo, al insuperable calor en el coche del Sargento Bannion, a la explosión que termina con la vida de su esposa, y por otro lado a toda la línea metafórica de escabrosidad que atañe al sistema retratado, y de visceralidad que concierne al protagonista Glenn Ford).

 

Que es un filme violento y sobre la violencia queda patente ya desde el primer plano, de detalle de un revólver que una mano recoge para pegarse un tiro. Tras ese suicidio escucharemos referencias de la tortura y asesinato de una prostituta, veremos maltratos diversos –uno especialmente sangrante y célebre, en el que el matón Vince, que encarna Lee Marvin, vierte café ardiendo en el rostro de su fulana, Gloria Grahame, y le deforma la mitad del rostro-, escucharemos el estruendo terrible de esa explosión a la que me he referido antes, y finalmente veremos dos asesinatos a balazos, uno de ellos a sangre fría. The Big Heat (basado en un serial publicado por entregas por William P. McGivern en el Saturday Evening Post y al parecer basado en un caso verídico) no ahorra al espectador el tenor de esa retahíla de barbaries, y precisamente para concretar el sentido de una historia que, canalizada por la vendetta de un hombre íntegro que se enfrenta al sistema, ofrece severos pormenores de la podredumbre que anida en los círculos de poder corrompidos por el dinero de una Mafia intocable en su supina preponderancia sobre toda legalidad (encarnada, más que en los diversos matones o el famoso villain que incorpora Marvin, en el gángster italiano, Lagana –Alexander Scourby-, que en un momento del filme dice que “a mí no me van a deportar como a Lucky Luciano”, referenciando, pues, un personaje real que puede servir de parangón a la denuncia).

 

 Aunque parezca paradójico, la mirada que Fritz Lang arroja a esa descripción de tipos y ambientes es, amén de precisa, muy limpia, atenta sobretodo a la gráfica –que no fácil- plasmación del comportamiento despótico de buena parte de los personajes (la apariencia inofensiva de la viuda Bertha Duncan o del propio Lagana en la secuencia en la que Banion acude a su residencia y se encuentra con ese ambiente pomposo y el gángster le habla de su madre … ¡y los grandes valores!), contrapuesto al sentido de refugio que para Banion tiene su nido familiar antes de que éste vuele por los aires (impagable el sentido descriptivo de aquel carrito de juguete que en una secuencia aparece en el exterior de la casa, antes de la muerte de su esposa, y posteriormente se muestre como el único objeto que queda en la casa vacía … y Banion se lleva con él en el taxi).

 

Afinando las descripciones de las pulsiones de los personajes y su comportamiento en un entorno de violencia constante (aun cuando es latente), la mirada de Lang no tiene poco de sociológica, y en ese sentido resulta particularmente fascinante el papel de Debbie Marsh, que encarna Gloria Grahame, quien precipitará los acontecimientos con su inopinada intervención tras ser físicamente maculada por su chulo. Cuando se dice que Fritz Lang introdujo el realismo social en el cine americano, uno puede citar cada pliegue descriptivo de Debbie, representación extrema del personaje atrapado entre su moralidad y su condición social (en un momento dado, Debbie le dice a Banion que “he sido pobre y he sido rica, y, créeme, es mucho mejor ser rica”), sufrida heroína sobrevenida que deja patente en su rostro –mitad angelical, mitad destrozado- esa dualidad, feroz enfrentamiento interior concretado en ese dolor exterior, y canalizado en ese espiral de violencia reactiva, en el inestimable apoyo que, por propia iniciativa, le prestará a Banion en el último jalón de la película. Sublime resulta la última conversación de Banion y Debbie, ella, exangüe, le pregunta cómo era su mujer, y él le explica los más sutiles detalles del amor que era su asidero emocional y que perdió. Ambos personajes alcanzan una catarsis al equiparar, de algún modo indefinido, su condición de víctimas, al alinear un sistema de valores que los pulsos de esa sociedad corrupta y salvaje les ha arrebatado.

 

 

LA MUJER DEL CUADRO

 

 

 

 

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T.o.: The Woman in the Window.

Director: Fritz Lang.

Guión: Nunnally Johnson y J. H. Wallis.

Intérpretes: Edward G. Robinson, Joan Bennett, Raymond Massey, Edmund Breon, Dan Duryea, Thomas E. Jackson, Dorothy Peterson.

Música: Arthur Lange.

Fotografía: Milton R. Krasner.

EEUU. 1944. 99 minutos.

 

Puede parecer un comentario rocambolesco, pero no puedo empezar de otra forma: lo más fascinante de las imágenes de The Woman in the Window se halla más allá de las propias imágenes. Uno retiene sin duda la mirada perdida de Edward G. Robinson en el abismo de aquel lienzo que muestra el retrato de una mujer, y el reflejo en el espejo que le da vida; retiene las tijeras asesinas, la noche lluviosa, el asiento trasero de un coche, las zarzas en la cerrazón del bosque… Pero si aquellas imágenes cautivan más allá del magnetismo que transmite su brillante manufactura técnica es por el fabuloso trasfondo de pulsiones psicológicas que las sostienen, que ya se enuncian en el prólogo como adoctrinadas en patrones freudianos, y que proponen un auténtico (y laberíntico) viaje al progresivo desasimiento moral y hasta emocional al que se ve arrojado un hombre de condición intachable al dejarse llevar por lo que en el propio filme llaman “el sentido de la aventura”, al deslizarse en la senda, de apariencia atrayente y sustancia devoradora del romanticismo.

 

 ¿Estoy diciendo con eso que el mayor interés de The Woman in the Window radica en el libreto que Fritz Lang pone en imágenes? En absoluto. Estoy diciendo que el maestro desnuda cada imagen, cada secuencia, cada paso de sus personajes en pantalla, a esa esencia que se plantea en el habilidoso guión de Nunnally Johnson y J. H. Wallis. Que Lang nos sirve una puesta en escena que, sin demasiados aspavientos formales, se halla en la antítesis de lo que solemos llamar “funcional”, y nos sumerge en el sugestivo universo de esa ensoñación que se envuelve progresivamente en lo pesadillesco, de esa fantasía romántica que depara no pocos horrores en su poso. La puerta es tan visible que se halla en el propio título del filme, y se concita en la citada, maravillosa secuencia en la que el rostro de Robinson, ensimismado, algo aturdido por las copas, se deja llevar por el hechizo de belleza que hay en el cuadro expuesto en aquel escaparate, y de súbito, cual promesa de un destino bohemio, halla en el reflejo de la vidriera el rostro de Joan Bennett, y su más bien poco matizada invitación … a la noche. A partir de ahí, la superioridad intelectual del protagonista, lo cartesiano de sus actitudes, empezará a tambalearse, primero en la promesa de un apetecible adulterio, y, de súbito, en el fango de la autoría de un asesinato.

 

Lang llena la pantalla de matices, y todas convergen en el sentido de la fábula negra que narra. Por un lado hallamos la profusa muestra de gradaciones emocionales que conciernen a los personajes, no sólo en la superlativa interpretación de Robinson, sino también en el grueso de pinceladas que describen a cada personaje, por escueta que sea su presencia en la historia (hilvanando la tensión de la trama con esos gestos y miradas con una maestría parangonable a la del Hitchcock de la década siguiente). Después está la envolvente atmósfera, la servidumbre absoluta a las reglas de lo inquietante del claroscuro, de las sombras, de la tormenta (antológica resulta sin duda la secuencia en la que los dos protagonistas preparan la desaparición del cadáver en casa de ella, y el profesor transporta el cadáver hasta el coche y se lo lleva, mientras ella le observa desde el portal…). La narración se vuelve opresiva, amenaza con su virulencia, de latente a cada vez más urgente, en camino insuperable hacia la perdición.

 

Es en ese clímax terrible, de ecos trágicos, que se descubre lo que las imágenes de Lang venían diciéndonos desde la secuencia del cuadro: el profesor se había quedado dormido, todo ha sido nada más que una alucinación, un mal sueño. Ese twist final es sin duda un rasgo de modernidad del filme, pero, mucho más allá, se diferencia del grueso de twist finales que proliferan en el cine comercial de los últimos años porque, frente al manierismo que actualmente los sustentan, en este caso queda la neta impresión de que The Woman in the Window nos ha llevado, ni que fuera durante una hora, de viaje al lugar del que no hay retorno, de que el terreno de lo onírico ha dado rienda suelta a las más íntimas inquietudes emocionales (conmociones, trastornos, ¿deseos?) del docto profesor de psicología. Que Lang ha abierto en canal la turbadora textura de los más esquinados recovecos del alma.

 

Hay muchos ejemplos como el de The Woman in the Window. Fritz Lang fue, entre otras cosas, el maestro indiscutible del Cine Negro.

 

 

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