
T.o.: Cidade de Deus.
Director: Fernando Meirelles.
Guión: Bráulio Mantovani, basado en la obra de Paulo Lins.
Intérpretes: Alexandre Rodrigues, Leandro Firmino, Phellipe Haagensen, Douglas Silva, Jonathan Haagensen, Seu Jorge.
Música: Ed Cortês, Antonio Pinto.
Fotografía: César Charlone.
Brasil – 2002 – 125 minutos.
Los círculos vitales viciosos que se describen en esta arrolladora película de Fernando Meirelles recuerdan los narrados en aquella magistral canción que susurraba Elvis Presley, In the Ghetto. Sin embargo, Meirelles se libera de la nieve que cae y de la madre que llora, esto es del aderezo sentimental que suele sazonar en las formas culturales occidentales esa transcripción de realidades crudas. Cidade de Deus se limita a la descripción, tan simple y tan compleja, del peso de un entorno marginal, la favela brasileña de las afueras de Río de Janeiro que da título a la película, sobre las personas que viven en su seno. En este caso asistimos a los avatares existenciales de dos personajes, Buscapé y Ze Pequenho, de clara representación antagónica, y que a pesar de las apariencias sitúan su diferencia en un terreno mucho más complejo que la eterna dicotomía del bien y del mal.
De hecho, Ciudad de Dios podría perfectamente ser una tragedia, pero su irreductible afán descriptivo –como sucedía con Good Fellas, de Martin Scorsese- se lo impide: el entramado de personajes que vive y muere en la película se mueven por un código de valores en cuyo vértice máximo no existe el odio ni el rencor, sino la supervivencia.
Y ese afán por el retrato social se sustenta en dos pilares, a cuál más poderoso: por un lado un guión cargado de matices y que posee la virtud de descargar su peso discursivo en el retablo anecdotario del día a día de sus protagonistas. Por otro, una puesta en escena claramente caracterizada por la violencia, que se muestra despojada de falsos artificios, descarnada, cierta. En su labor narrativa, Meirelles se revela como un aventajado alumno de los clásicos contemporáneos del desparpajo visual, De Palma y el citado Scorsese a la cabeza, y sabe poner a su disposición todo tipo de recursos formales para dar atractivo a la par que simplificar un denso poso narrativo.
Lo consigue. La maestría de Cidade de Deus radica en su conciencia del lenguaje cinematográfico y su capacidad para exprimirlo para sus propósitos: las imágenes dejan poco margen a la explicación; sobran las palabras.

T.o.: The Constant Gardener.
Director: Fernando Meirelles.
Guión: Jeffrey Caine, basado en la novela de John Le Carré.
Intérpretes: Ralph Fiennes, Rachel Weisz, Hubert Koundé, Danny Huston, Danielle Harford, Bill Nighy, Archie Panjabi.
Música: Alberto Iglesias.
Fotografía: César Charlone.
EEUU. 2005. 123 minutos.
Sé por fiables referencias que la versión cinematográfica de esta The Constant Gardener se mantiene más que bastante fiel al titulo homónimo de John Le Carre que adapta. Mediante una angustiosa trama que sigue los periplos de un funcionario consular en su investigación de las circunstancias de la muerte de su esposa, el filme (tras el libro) propone(n) una mirada para nada complaciente, y no exenta de una sobria complejidad argumental, a las confabulaciones que las multinacionales farmacéuticas llevan a cabo con habitualidad –y con toda impunidad e incluso favor de los poderes públicos/fácticos que las patrocinan en origen (mediante favores e influencias) o en destino (mediante cohecho)- en los países del tercer mundo, y por extensión del terrible estado de las cosas en un mundo, el nuestro, en el que las desigualdades campan y se imponen a beneficio de esos pocos representantes del Poder, pasando por encima de los más elementales códigos éticos y de los Derechos Humanos.
Su realizador, Fernando Meirelles –que viene de rubricar aquella imponente radiografía de las favelas de Sao Paulo, Cidade de Deux-, no abandona el ánimo de denuncia en esta superproducción de calado internacional, y lega a las sugerentes e inspiradas imágenes del filme su impronta e intenciones, y un contagioso afán por implicar emocionalmente al espectador en los círculos viciosos que narra, y que cambian de escenario y de actores respecto su obra previa, pero no abandonan una idéntica razón última.
Ése es un nexo temático con Ciudad de Dios, así como el despojo de mayor afectación y sentimentalismo (en una pieza, la que nos ocupa, donde era muy fácil caer en ello en su desenlace, y que el realizador brasileño salva con mucha inteligencia narrativa). En lo que concierne a la puesta en escena, las cosas cambian: lo que en su filme predecesor se caracterizaba por la deliberada violencia y adrenalina, en The Constant Gardener se torna –como contagiado del aparente temple de su protagonista- en una chocante sobriedad narrativa, para nada canalizada en la funcionalidad antes bien en la constante búsqueda de la lírica soterrada, de la idea sugerente emergiendo bajo el plano más cabal, de la utilización de los espacios como recursos narrativos. De, en definitiva, marcar una personalidad basada en el conocimiento y la experimentación con el lenguaje cinematográfico.
Le sobran al intenso metraje ciertos aderezos argumentales que son demasiado manidos en el cine de suspense –todos ellos coincidentes con las apariciones del primo de Tesa (y el sobrino informático)-, pero The Constant Gardener se queda a bien poco de erigirse en una auténtica opus magna, y la belleza e intensidad que nos proponen un número considerable de sus secuencias climáticas permanecen en la retina del espectador más pintado.