
T.o.: Splendor on the Grass.
Director: Elia Kazan.
Guión: Walter Inge.
Intérpretes: Warren Beatty, Natalie Wood, Pat Hingle, Audrey Christie, Barbara Loden, Zohra Lambert, Gary Lockwood.
Música: David Amram.
Fotografía: Boris Kaufman
EEUU. 1961. 124 minutos.
Nos situamos en las postrimerías de la prolífica y a mi entender brillante carrera cinematográfica de Elia Kazan. Con esta Splendor of the Grass nos propone un acerado y doliente retrato de los conflictos generacionales en el seno familiar, y ello en el marco de la contextualización histórica en los años del crack bursatil del 29.
No yerran los analistas que le reprochan al filme una cierta dejadez formal, patente en la resolución algo acelerada de algunas escenas o en el tránsito entre situaciones narrativas diversas. Sin embargo, debo efectuar dos matices: primero, que la película contiene resoluciones visuales de lo más inspiradas –v.gr. el encuadre de Natalie Wood enloquecida huyendo del coche del chico equivocado-, y segundo, y en líneas generales, que esa forma poco canónica de entender la puesta en escena por Kazan es sin duda deliberada, y buena prueba de ello es que la carga emocional de la película no se resiente en absoluto. Una carga emocional que entona, constante el completo metraje, la canción desconsolada de la incomprensión intergeneracional y sus perniciosas consecuencias de todo orden. El portentoso guión del filme, y la subjetividad en el acercamiento a los personajes y a los clichés que los condicionan como seres sociales –no hay escena de la película que no contenga un enfoque, en mayor o menor medida, sociológico: se radiografía el comportamiento de los padres con los hijos, de los adolescentes en clase, en el vestuario o en una fiesta,...- arrastran al espectador en el vendaval de acontecimientos que van jalonando la función.
El desenlace, viva imagen de la renuncia, se mantiene cuarenta años más tarde como un momento cinematográfico bellísimo, que culmina este portentoso melodrama con la honestidad que reside en la tristeza.

T.o.: Baby Doll.
Director: Elia Kazan.
Guión: Tennesse Williams.
Intérpretes: Karl Malden, Carroll Baker, Eli Wallach, Mildred Dunnock, Lonny Chapman, Noah Williamson.
Música: Kenyon Hopkins.
Fotografía: Boris Kaufman.
EEUU. 1956. 112 minutos.
No interesa demasiado comentar los problemas que Baby Doll tuvo con la Liga de la Decencia y con el cardenal Spellman en la fecha de su estreno: el tiempo pone a cada uno en su sitio. Quizá sí interesa comentar, al hilo de la reseña de este filme, que es la única adaptación de una obra del celebérrimo dramaturgo Tenesse Williams en la que éste intervino directamente en el libreto del guión. Más que ninguna otra adaptación, su presencia en el libreto del guión se nota en la estructura eminentemente teatral de la película –más incluso que La gata sobre el tejado de zinc-. Y en el aspecto temático, Baby Doll contiene el epítome del aura lírica y sombría de la obra del autor de A streetcar named Desire: nos habla de la pérdida de la inocencia, del ocaso de un modo de vida ya obsoleto, de la sinrazón de unos planteamientos abocados al fracaso, y de las perniciosas repercusiones de esa coyuntura en el espíritu humano; una serie de elementos que Williams no desglosa sino de cuya mezcolanza extrae la lírica, convirtiendo a los peones de la historia en personajes abocados al límite de sus fuerzas y de sus motivaciones, víctimas e involuntarios verdugos de una coda de destrucción.
Kazan sirve a la perfección los postulados de Williams, y arranca de todos los espacios narrativos una perenne sensación de pérdida y de desconsuelo, tanto los concernientes a la turbia relación entre los cuatro personajes de la historia, como a lo relativo a la descripción del microcosmos escénico (esa mansión desvencijada, prolija en detalles de su latente destrucción, esos trabajadores de color esparcidos por la finca, desquiciados y abandonados a su blues, la suciedad, el aroma a marchito...). En secuencias como la de la seducción de Eli Wallach a Carroll Baker, o en el largo clímax de la función, el director de Splendor on the Grass certifica su intransferible talento en la dirección de actores y su ya legendaria capacidad para extraer destellos de improbable belleza de las situaciones más turbias imaginables.