GEORGIA

T.o.: Four Friends.
Director: Arthur Penn.
Guión: Steve Tessich .
Intérpretes: Craig Wasson, Jodi Thelen, Michael Huddleston, Jim Metzler, Scott Hardt, Glenne Headley.
Música: Elizabeth Swados.
Fotografía: Ghislain Cloquet.
EEUU. 1981. 110 minutos.
En los cimientos de aquella historia tan americana y dulzona que se tituló Forrest Gump bien podría encontrarse esta película que se encuentra entre las últimas inolvidables descargas emocionales despachadas por Arthur Penn a lo largo de su filmografía. En efecto, esta Four Friends es una mirada radiográfica –aunque no hagiográfica, estereotípica como aquélla; antes bien, todo lo contrario- de los años sesenta y setenta en norteamérica, y que narra los avatares vitales que van de la infancia a la plenitud adulta de Danilo, un joven inmigrante yugoslavo en la tierra del Tío Sam, abrazando también, mediante una vis attractiva con fines de exhaustividad histórica, el devenir de los personajes que le son cercanos, entre ellos, sus padres, algunas novias, un compañero universitario, y sus tres amigos de la infancia que completan el círculo del título.
La película descansa sobre un férreo guión, obligadamente episódico, que pasaría perfectamente por ser un brillante tratado sobre la utilización de las elipsis narrativas en el cine, y la cámara es lo suficientemente hábil para condensar la justa intensidad dramática en cada plano, en cada segmento, en cada clímax. El conjunto, el resultado final, nos dice que Penn es un auténtico malabarista de ese arte al que llamamos cine, pues consigue transmitir incluso más sensaciones de las que nos dejan las imágenes, y dar homogeneidad y sobriedad a un discurso que podría despacharse de un modo mucho más fácil, mucho más efectista, especialmente teniendo en cuenta que la trayectoria vital del protagonista está marcada por un acontecimiento trágico –narrado en imágenes con seca y precisa violencia- que deslinda netamente la historia/la vida de Danilo en dos partes.
Four friends –aquí subtitulada Georgia, en remisión al nombre del amor vital del protagonista y a la canción homónima de Ray Charles que acaba erigiéndose como leit motiv del filme- revela una vez más la condición de outsider del director de La jauría humana, que se alinea con un personaje inmigrante –alentado por aquella coletilla rimbombante: “el sueño americano”- para dar, paradójicamente desde una fuerte carga subjetivista, buena cuenta de una sociedad, sus contradicciones y la hipocresia inherente a las virtudes aparentes del american way of life.
Una película honesta y muy emocionante. Simplemente apabullante.