VOZ OVER

2000s

DESENFOCADO (AUTO FOCUS)

Escrito por voiceover 30-01-2008 en General. Comentarios (0)

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T.o.: Auto Focus

Director: Paul Schrader.

Guión: Michael Gerbosi, basado en la obra de Robert Graysmith

Intérpretes: Greg Kinnear, Willem Dafoe, Rita Wilson, Maria Bello, Ron Leibman, Bruce Solomon, Lyle Kanouse, Ed Begley jr.

Música: Angelo Badalamenti.

Fotografía: Jeffrey Greeley, Fred Murphy.

EEUU. 2002. 105 minutos.

 

Bob Crane fue una celebridad televisiva en Estados Unidos, cuyo asesinato en turbias circunstancias acabó labrándole otro tipo de notoriedad, en los anales de la crónica negra. En España apenas le recordamos o siquiera conocemos su figura. Quizá sí recuerden al personaje al que Jake Gyllenhaal interpretaba en Zodiac: Robert Graysmith, un joven periodista aficionado al dibujo y a los criptogramas, que acababa enzarzado en el laberinto de encontrar al asesino del zodiaco. De hecho, el filme de David Fincher ponía en imágenes el libro de Graysmith "Zodiac Unmasked: The Identity of America's Most Elusive Serial Killer Revealed". Revelador título, sin duda, como lo es también “The Murder of Bob Crane”, ensayo periodístico igualmente escrito por Graysmith sobre esas misteriosas circunstancias que rodearon el asesinato de Crane, y obra sobre la que se alza esta  Auto Focus, que, sin embargo, bien poco tiene que ver con la crónica negra, por mucho que –como sucedía en Zodiac- llegue a apuntarse una tesis al respecto.

 

Da la neta sensación de que la narración desprecia el retrato criminalístico, y antes bien se centra en la crónica –en la línea dura schraderiana- de una perdición moral, en este caso la creciente y descontrolada adicción al sexo de un personaje representativo en su fachada mediática de los valores tradicionales y familiares del inmaculado american way of life. Paul Schrader hace buena la clásica teoría de la politique des auteurs, y con Auto Focus demuestra que ni siquiera precisa firmar el libreto –obra del neófito Michael Gerbosi- para alinear la esencia de una narración con su idiosincrasia e intereses como cineasta. Es cierto que ello tiene mucho que ver con las elecciones temáticas de Schrader, pero no menos con el modo en qué proyecta cada historia a esos intereses particulares (buen ejemplo de ello sería lo que sucedió con Dominion, la precuela de El Exorcista). Sin pretender restarle mérito a la labor de Gerbosi, uno tiene la constante sensación de que las elecciones escénicas de Schrader redimensionan el sentido de una narración que tiene mucho y deliberado de escueta, que pasa por falso biopic, y que se abre a no pocas y abruptas meditaciones.

 

La radiografía que propone la película respeta el desarrollo cronológico, y abraza por la vía de las sèt-pieces la descripción de los acontecimientos que van desde los tiempos en que Crane no pasa de ser un dicharachero disk-jockey radiofónico hasta alcanzar, y luego perder, la popularidad televisiva, ello alineado con ese proceso de perversión sexual. El placer por lo iconográfico/simbólico de Schrader identifica este trayecto vital con imágenes reveladoras: en los compases iniciales del filme, la escena familiar a lo Norman Rockwell en un comedor lleno de claridad; cerca del desenlace final, ese plano que nos muestra el rostro desnortado de Crane emergiendo del agua de la piscina en una fiesta nocturna.

 

La primera lectura, evidente, tiene que ver con los mecanismos psicológicos que trae la fama. Pero esa apreciación es superficial: resulta obvio que Crane hace lo que hace y accede a las mujeres que desea por mor de su celebridad; pero lo que no resulta tan obvio son las razones por las que Crane no se limita a tener sus escarceos sexuales, y sus ansias sexuales van tornándose cada vez más y más insaciables. Al respecto, podemos centrarnos en el retrato de Crane que efectúa la película (a la que tan bien coadyuva la presencia e interpretación de Greg Kinnear), la de un hombre aferrado a su imagen dicharachera incluso en los momentos más dramáticos, un hombre que nunca muestra su debilidad (fíjese en sus reacciones cuando su mujer –Rita Wilson- descubre las revistas o fotos pornográficas), que parece empecinado en considerar que sus actos no son tan terribles incluso cuando el vicio le ha devorado por completo (la secuencia en la que aparece en un programa televisivo de cocina, cuando ya sólo es una vieja gloria, y no puede evitar concentrarse en el escote de una mujer que se halla entre el público, o la última conversación que mantiene con su agente): parece que Auto Focus quiera decirnos que Crane, más que participar de una doble moral –la apariencia-, vive en un estado de amoralidad, se ofrece progresivamente más y más gustoso a sus vicios sexuales sin otra censura que esa propia apariencia que finalmente es incapaz de controlar (fíjese en la secuencia de rodaje de la serie en la que Crane queda momentáneamente enajenado y Schrader se recrea en la plasmación, tan grotesca, de la paranoia sexual). Pero en este apartado psicológico, más que hablar de vacuidad moral, hay que hablar (y ahí la grandeza de la película) de sutileza en el tratamiento en texto e imágenes de esa “debilidad” humana: al igual que los diversos pinitos como drumer en locales de striptease sirven como túneles psicológicos (de la apariencia inmaculada a la liberación lujuriosa), es el personaje de John Carpenter (y el maravilloso juego de ambigüedades que enfatiza la interpretación de Willem Dafoe) quien actúa como alter ego y reflejo especular del protagonista, como la personificación de sus pulsiones más íntimas e irrefrenables, como su “demonio”: si analizamos el filme desde ese punto de vista nos damos cuenta de que aunque en un principio Carpenter introduce a Crane en ese submundo de impudicias, progresivamente será Crane quien utilice a Carpenter para satisfacer sus caprichos sexuales (pues “capta” a las amantes de ocasión de Crane), y, al mismo tiempo, para utilizarlo como chivo expiatorio psicológico (responsabilizándole de su debilidad); en ese sentido, que el filme apunte la tesis de que Carpenter asesinó a Crane debe leerse, por la vía de la plasmación simbólica, como la caída de Crane devorado por sus propios demonios; idea que se imbrica en el quintaesencial discurso de Schrader como consecuencia lógica de la falta de escrúpulos o sufrimiento por parte de Crane (hay culpa y no hay proceso de redención); de este modo, como también sucedía en Forever Mine, aquí el protagonista nos habla después de muerto, y si en aquel caso se literalizaba la componenda bigger than life de la pasión romántica, aquí la voz over de Crane afianza su absoluta carencia de remordimientos por lo que ha sido y por lo que le ha sucedido: Crane ya no es nadie más que sus instintos sexuales.

 

Y en la riqueza de sensaciones que promueve esta película y sutiles discursos que articula, aún queda un ítem temático que se superpone a los otros tejidos narrativos y que abunda con maestría en el sustrato sociológico. Hablamos del papel del televisor y del video (grabador/reproductor) como mecanismos audiovisuales privados y que, por tanto, pueden ser utilizados sin otra limitación que la de la propia moralidad (que en este caso, no existe). El voyeurismo de Crane ya es plausible al inicio del filme, pero muy tímidamente (las revistas pornográficas), y eclosiona y alcanza una dimensión mucho más poderosa (y nociva) cuando el actor conoce a Carpenter: una vez más, el simbolismo de ese personaje, la razón por la que representa los propios demonios de Crane: es un experto en lo audiovisual, y le provee una de las primeras –y tan revolucionarias- videocámaras. En esa venenosa secuencia en la que Carpenter va a casa de su amigo y le instala el video, la esposa de Crane le pregunta por su utilidad, y Crane sonríe y responde como Perogrullo: “¡pues para hacer videos domésticos!”; la interpelación correcta, y no formulada, tendría que ver con el contenido que designa la palabra “doméstico”, concepto indeterminado que sólo los actos de Crane irán llenando de contenido: Crane no sólo da rienda suelta a cualquier impulso de su líbido, sino que también lo inmortaliza en video y luego lo reproduce como medio de despertar de nuevo su excitación: quizá Schrader está retratando una simiente (psicológica y también histórica) de la realidad por la que transitó en Hardcore, un mundo oculto: los paraísos artificiales del porno en el submundo de la noche angelina; quizá nos habla de los peligros o distorsiones de ese progreso tecnológico que trae consigo la banalización de la imagen.

 

 

ENRON: LOS CHICOS MAS LISTOS DE LA CLASE

Escrito por voiceover 10-10-2007 en General. Comentarios (0)

 

 

 

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T.o.: Enron, the smartest guys in the room

Director: Alex Gibney.

Guión: Alex Gibney, basado en los libros de Bethany McLean y Peter Elkind.

Intérpretes: Peter Coyote, John Beard, Reverendo James Nutter, Lou L. Pai, Colin Whitehead.

Música: Matthew Hauser.

Fotografía: Maryse Alberti

EEUU. 2005. 112 minutos.

 

Orquestado por el guionista y realizador Alex Gibney, este documental trata de dar información sobre los mecanismos (económicos) y circunstancias (políticas) que dieron lugar a uno de los mayores escándalos financieros de la historia de Estados Unidos, en el que varios altos ejecutivos de la séptima empresa más importante de aquel país se embolsaron más de mil millones de dólares mientras sus accionistas y empleados lo perdían todo. Basado en el best-seller homónimo The Smartest Guys in the Room de los periodistas de la revista Fortune Bethany McLean y Peter Elkind, Gibney se sirve de declaraciones personales, cintas de audio y vídeo de la empresa, extractos de la Audiencia ante el Congreso de los ejecutivos de la compañía, y otros materiales de archivo periodístico para tratar de concretar un riguroso retrato a los interminables excesos cometidos por la cúpula directiva de Enron y el profundo vacío moral que ocultaba la supuesta filosofía corporativa.

 

Son casi dos horas de denso metraje, saturado de información técnica que puede resultar de farragosa comprensión a un profano, pero que precisamente por eso (por el esfuerzo intelectual que precisa) puede tildarse de tratamiento riguroso de una situación compleja, y revela cómo la ambición sin límites de los executives de la compañía dieron pie y lugar a una burbuja especulativa de la que fueron víctimas indirectas una buena parte de la población de diversos de los lugares donde Enron movió sus hilos (se hace especial hincapié en el modo en que se obtuvieron cientos de millones de dólares de beneficios promoviendo una crisis energética de California que causó estragos entre la población de aquel state). Aun disponiendo de sólida información objetiva, Gibney, Mclean y Elkind sólo se atreven a apuntar levemente las relaciones de poder entre Ken Lay (el máximo prócer de la compañía) y la familia Bush, o mencionar de pasada las exorbitantes donaciones al partido republicano efectuadas por ENRON y el Sr. Lay en particular. También enuncia pero no se detiene en la responsabilidad de la auditoría de Arthur Andersen, que en todo momento avaló las embaucadoras operaciones de la empresa, así como en el apasionante capítulo de la reunión en un lujoso hotel californiano entre Mr. Lay y Arnold Schwarzenegger antes de que éste saliera vencedor en las elecciones a gobernador de California.

 

Lo que sí queda claro, lo que cualquier espectador medio puede extraer del visionado de este interesante documental, es que las redes del capital se extienden por encima del sentido común, de la honestidad, de la ética o de los escrúpulos; que sólo es demostrable la iniquidad de los más smartest guys in the room, pero cualesquiera operadores económicos (grupos financieros y bancarios) que operaron con ENRON prefirieron cerrar los ojos y sacar tajada antes que destapar una caja de los truenos que, al fin y a la postre, cualquier ducho en la materia podía vaticinar.

 

 

DENTRO DE GARGANTA PROFUNDA

Escrito por voiceover 10-10-2007 en General. Comentarios (0)

 

 

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T.o.: Inside Deep Throat.

Director: Fenton Bailey y Randy Barbato.

Guión: Fenton Bailey y Randy Barbato.

Intérpretes: Dennis Hopper, Peter Bart, Gerard Damiano, Linda Lovelace, Gore Vidal, John Waters, Carl Bernstein.

Música: David Benjamín Steinberg.

Fotografía: David Kempner y Teodoro Maniaci.

EEUU. 2005. 94 minutos.

 

Parece que el género del cine documental con aspiraciones intelectuales está en boga. Quizá el ahora tan desfachatado Michael Moore abrió la veda a la posibilidad de abrir las puertas de los cines con el formato de la redacción subjetiva de temas de interés divulgativo que atañen a la historia más o menos reciente de los States, porque el caso es que ya son muchas los clarividentes largometrajes documentales –es una apreciación personal- que ponen su grano de arena para escarbar en la historia más allá de lo oficial y superficial de la misma. Dejando de lado la docu-ficción de United 93, podemos pensar en Easy Riders & Raging Bulls, en Confederated States of America, en Enron: the smartest guys in the block o en The Kid stays in the picture, y nos detenemos esta vez en esta introspección en lo que fue del cine porno tras la la ruidosa catarsis sembrada a mediados de los setenta por Garganta Profunda, título que recogió los parabienes de la crítica erudita alcanzando cierto estatus en círculos de intelectualidad y desatando de ese modo la (dies?) irae de las facciones más tradicionales de la política, la justicia y, por extensión, el completo entramado del establishment norteamericano, equivalentes a lo que actualmente sigue respirando y se nos aparece como lo más reaccionario que cabalga sobre el mundo aparentemente libre.

 

         Inside Deep Throat, escrita, montada y narrada con idéntica agilidad que solvencia expositiva por sus responsables Fenton Bailey y Randy Barbato, escarba en terreno paralelo al que transitaba aquel intenso biopic que Milos Forman realizó sobre el fundador de la revista Hustler - Larry Flint, quien curiosamente aporta su testimonio en el filme-: en la injerencia que sobre la creación -o si prefieren libertad de expresión artística- ejercieron diversos poderes fácticos, religiosos y tradicionalistas, entroncando con el antiguo Código Hays pero en los tiempos post-hippies, y amparándose en ridículos estudios científicos y en la decencia y protección de las supuestas mentes libres de la juventud trataron de imponer la censura ideológica y, no contentos con ello, perseguir a los responsables de esas actividades que califican de delictivas.

 

         Del mosaico expositivo de la película –que también se detiene en la triste relación de acontecimientos que rodearon la vida de Linda Lovelace y su partenaire en pantalla, y que escarba de la mano de la realizador del filme en circunstancias relacionadas con su filmación y distribución que diríanse sacadas del más suculento making of imaginable- subyace con acuciante precisión la perenne y abominable hipocresía de una industria y unos poderes públicos que dieron la espalda a la posibilidad de que el porno alcanzara cotas más intelectuales, pero no así a su conversión en un business de dimensiones estratosféricas en cuyo seno tiene cabida la más vacua de las actitudes creativas y, cómo no, toda suerte de marginalidades.

 

 

CSA: CONFEDERATED STATES OF AMERICA

Escrito por voiceover 10-10-2007 en General. Comentarios (0)

 

 

 

 

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T.o.: C. S. A. : Confederated States of America

Director: Kevin Willmott.

Guión: Kevin Willmott

Intérpretes: Gregg Kirsch, Renee Patrick, Molly Graham, William Willmott, Rupert Pate, Evamarii Johnson, Grez Hurd, Don Carlton.

Música: Erich L. Timkar.

Fotografía: Matt Jacobson

EEUU. 2004. 100 minutos.

 

El realizador de esta interesante película, Kevin Willmott, efectúa una inteligente parábola: utilizando el formato del falso documental para contarnos lo que hubiera sucedido durante los dos siglos de historia de la nación de las barras y las estrellas si en la Guerra de Secesión hubieran vencido a los sudistas, lanza, velada, una mirada de lo más ácida y lúcida sobre los mecanismos de poder y de represión (reales, históricos) de los USA, centrados especialmente en lo que concierne al tratamiento a la gente de raza negra, tanto en un plano social como en lo que concierne a las políticas imperialistas de los States.

 

Para desarrollar la fértil batería de ideas y reflexiones que se contienen en el discurso, Wilmott utiliza un formato que facilita el ritmo del filme, basado en la emisión de un programa de la BBC que relata cronológicamente esta historia alternativa, y en el que un narrador “neutro” va desgranando los acontecimientos históricos, apoyándose en el testimonio de diversos expertos sobre la materia, a la cabeza de los cuales se hallan un profesor (facha) americano y una profesora (negra) canadiense, que representan el pro y el contra a la legitimación de los actos de esa vergonzosa historia. Constante el desarrollo de los acontecimientos, el narrador pasa por el tamiz de la segregación los diversos items históricos y culturales de la historia americana, cuyo hilo conductor logra convencernos de que la realidad de esos hechos fue poco menos temible, ya que las semejanzas son máximas.

 

Pero además de este documental –sazonado asimismo con fragmentos de películas alternativas, tan impagables como la parodia a un filme de Griffith, de Gone with the wind, y de una serie B de los años 50 titulada “Me casé con un abolicionista”-, la emisión del documental va sazonándose con continuas interrupciones a la publicidad, en las cuales Wilmott da rienda suelta a la sorna, para nada desenfadada, en el retrato de la naturalidad con la que una sociedad puede asumir la segregación racial, y cuya aparente broma cínica cobra gravedad en el epílogo de la película.

 

Wilmott consigue su propósito, que es la crítica a los mecanismos de poder que consolidan que una clase preeminente lleve a cabo sus propósitos por funestos y salvajes que sean, y siempre al único precio de hacer buenos negocios y perpetuar esa diferencia. Sólo por eso y por hacernos pensar un poco, esta película merece ser vista y revisada.

 

SEXY BEAST

Escrito por voiceover 18-09-2007 en General. Comentarios (0)

 

 

 

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T.o.: Sexy Beast.

Director: Jonathan Glazer.

Guión: Louis Mellis, David Scinto, basado en una historia de Andrew Michael Jolley.  

Intérpretes: Ray Winstone, Ben Kingsley, Ian McShaine, Amanda Redman, James Fox, Cavan Kendall, Julianne White.

Música: Roque Baños.

Fotografía: Ivan Bird.

EEUU. 2000. 88 minutos.

 

Con Jonathan Glazer sucede algo parecido que con muchos otros realizadores de videoclips que se lanzan a la aventura de dirigir una película. Me viene a la cabeza –quizá por eso de la conexión Ben Kingsley- el caso de Vadim Perelman en su House of Sand and Fog. Aferrados al afán esteticista y a ciertas ínfulas de vanguardia visual, acometen sus operas primas como auténticos tour de force visuales, espirales de sugerencia, logrando resultados interesantes pero a menudo obviando ciertas cuestiones elementales del medio cinematográfico –al menos el narrativo, en el que se mueven- que desmerecen el saldo cualitativo, principalmente por motivos de arritmia.

 

         Sin ir más lejos, esta Sexy Beast se pretende incalificable desde el principio, pero por empecinado que sea el esfuerzo por darle la espalda a todas las normas de la convención –v.gr. ese inicio de la historia tan juguetón-, el meollo y hasta las bisagras de la historia pergeñada por los guionistas también neófitos Lewis Mellis y David Scinto nos arrastran indudablemente al terreno más tradicional del noir, además en una de sus canónicas variantes, la del pasado turbio que regresa para arruinar la paz espiritual (en un interminable abanico de referentes que podrían ir desde el Out of the Past de Jacques Tourneur a The Last Run de Richard Fleischer). Aunque el argumento contiene situaciones bien hilvanadas y detalles interesantes, la trama que nos presenta es más bien paupérrima, y le da rimbombancia a detalles psicológicos que sin duda funcionarían mejor careciendo de ella. En ese sentido, sin duda lo mejor de la película son los actores que se ponen en la triple piel gangsteril, no sólo Ben Kingsley (que se llevó todos los laureles), sino también esos actorazos llamados Ray Winstone y Ian McShaine.

 

         El gusto de Glazer por la narración segmentada y por los excesos con el montaje –deformación profesional, sin duda- resultan muy aparatosos, pero en muy pocas ocasiones están justificados en la reglamentación visual de la historia que se desgrana. Sí que resultan efectivas y hasta estimulantes ciertas soluciones de puesta en escena que encadenan mediante el montaje dos momentos narrativos distintos (pienso sobretodo en la ejecución del robo en Londres mezclado con el clímax violento en el cortijo almeriense), sin embargo Glazer se pierde en demasiados excesos bizarros –entre los que destacan esos ciertos arrebatos líricos pretendidamente lynchianos, o la martilleante utilización de una partitura musical ciertamente insoportable- que, puestos en inevitable conexión con la pobreza argumental, acaban creando muchos problemas de arritmia, demasiados teniendo en cuenta la corta duración de la película.