TEMPESTAD SOBRE WASHINGTON

Escrito por voiceover 10-01-2007 en General. Comentarios (0)

 

 

 

         Título Original: Advise & Consent

                Director: Otto Preminger

          Intérpretes: Charles Laughton, Henry Fonda, Walter Pidgeon, Don Murray, Peter Lawford, Gene Tierney, Franchot Tone, Lew Ayres, Burgess Meredith

          Guión: Wendell Mayes, basado en la novela de Allen Drudy.

         Género: Drama.

         Año: 1962

 

 

         Se podría decir que el aparente desapasionamiento formal de Otto Preminger, su cierta distancia (que no frialdad) expositiva es una de las marcas constantes de su brillante filmografía. Quizá por ello, Advise & Consent es una película tan redonda: los muchos peones (o la inmensa mayoría de ellos) de la (complejísima) trama que se presenta al espectador durante el metraje del filme obedecen, en lo formal, a esos patrones de entereza, cautela, moderación y savoir faire, ello correspondiente a sus rangos políticos –la mayoría de ellos son senadores, aunque también tienen cosas que decir el vicepresidente y el mismísimo presidente de la nación de las barras y estrellas-, cualidades (o actitudes) que ya de entrada podemos ver que esconden un fuerte hálito de astucia, y que irán revelando su naturaleza de impostadas a juicio de los elementos dramáticos que se van desgranando hasta alcanzar un implosivo desenlace en el que esa tibieza formal regresa a sus cauces.

 

         El metraje es tan largo (ciento cuarenta minutos) como intenso, y ello porque, tratándose de una narración de política-ficción, el filme se toma la molestia de efectuar una larga y necesaria presentación del tablero de juego, de los mecanismos de funcionamiento de la institución senatorial, de sus competencias, del peloteo constante de arengas en el oratorio público, y su sustrato, el caldo de cultivo de  alianzas y conspiraciones en los pasillos o en las reuniones de sociedad. Así que el filme, aunque introduce la trama ya desde el primer plano (el portavoz de la mayoría lee en el periódico la noticia del nombramiento por parte del Presidente de un candidato para asumir el puesto de Secretario de Defensa), empeña muchos esfuerzos en poner al espectador en situación, y lo logra a la perfección (da fe de ello que alguien como yo, ciudadano de una nación con un sistema político no presidencialista, y que por tanto se rige por otras normas procedimentales, lo entendiera a la perfección). El nervio de la cámara de Preminger es proverbial, siempre está (per)siguiendo a algún senador (y éstos, a diferencia del presidente –que suele aparecer en plano fijo- siempre se están moviendo de un lado para otro); de una forma elegantísima, la cámara no cesa de crear pasadizos por los que transitan, arduos, los políticos, como si en el empeño escénico de Preminger tratara de dibujar un laberinto invisible cuya coda sólo conocen los propios senadores (que encuentra su parangón en la línea de metro que traslada a los políticos por los subterráneos del centro neurálgico de Washington).

 

Advise & Consent abre dos fuentes de conflicto, cada una que atañe a cada postura que el filme enfrenta (favorecer o torpedear la elección del nuevo Secretario de Defensa), y ambas relacionadas con la coacción por dos elementos del pasado que se quieren instrumentalizar políticamente. Una tiene que ver con un capítulo de homosexualidad, y otro con ciertos escarceos con el comunismo. Nos evidencia el filme que son dos puertas definitivamente cerradas por sus responsables (y además, es mi opinión que en el tratamiento de ambas no hay prejuicio o inquisición alguna en la mirada del filme, lo cual es digno de encomio, principalmente teniendo en cuenta que la película es de 1962), pero que aflorarán con toda fiereza, y, con integridad (como hace Fonda) o sin ella (el caso de Don Murray), se convertirán en insoslayables estigmas con peso propio y definitivo en el futuro –vedado o directamente destruido- de sus víctimas (y utilizo la palabra víctima en idéntico sentido al promovido por el filme).

 

Como excelsa representante del cine sobre política, Advise & Consent se mueve en las sutilezas, y basa su fuerza en esa mirada atenta y desapasionada (o más bien desapasionada pero atenta) de Preminger, así como en el férreo y tan estimulante control en imágenes de los elementos que el realizador tiene que ensamblar: las brillantes composiciones de unos actores en estado de gracia (muchos: Charles Laughton, Henry Fonda, Walter Pidgeon, Don Murray, Peter Lawford, Gene Tierney, Franchot Tone, Lew Ayres, Burgess Meredith) y los diálogos o soliloquios, a menudo largos pero meticulosamente calculados, que esos actores reproducen (y cuyo mérito se debe atribuir tanto a la novela en la que se basa el filme, de Allen Drudy, como al esplendoroso screenplay de Wendell Mayes). Preminger domina el tono de tal forma que, cuando las circunstancias se precipitan –cuando se concreta esa Tempestad-, parece que a las imágenes les baste con dejar un poco más de margen en su coda expositiva, capitular a un par de momentos de aceleración –primordialmente, las conversaciones de Fonda con Murray, o el enfrentamiento de éste con el mismísimo Presidente, así como el viaje-relámpago a NY-  para regresar rápidamente a sus fueros de calma, y, de este modo, dejar a las claras de forma definitiva que esa calma sólo es la cara visible de una constante tribulación, de un poso de estrategias que mantienen un constante, fascinante tira y afloja hacia ningún lugar. De ello da buena cuenta la escena de la partida de póquer, y la reacción a la noticia del suicidio del senador (principalmente de Laughton, al que la cámara deja solo, como contemplando por enésima vez un abismo que está permanentemente bajo sus pies). Y, claro, la secuencia climática en el pleno del senado, tan brillante en su definición argumental y ejecución visual –y actoral-, como reveladora en lo discursivo de lo inane (sino trágico) que se esconde bajo las palabras, los escaños, los papeles y la elegancia supina de la que pueden alardear los políticos.