VOZ OVER

EL LIBRO NEGRO

 

 

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T.o.: Zwartboek

Director: Paul Verhoeven.

Guión: Paul Verhoeven y Gerard Soeteman.

Intérpretes: Carice van Houten, Sebastián Koch, Thom Hoffman, Halina Rejin, Derek de Lint, Michael Huisman, Johnny De Mol.

Música: Anne Dudley.

Fotografía: Kart Walter Lindenlaub.

Holanda-Alemania. 2006. 147 minutos.

 

Casi veinte años después de iniciar su larga aventura americana, Paul Verhoeven regresó a su país para rodar esta Zwartboek (“El libro negro”, traducción literal al español), drama bélico –temática, por cierto, que ya recorrió en una de sus primeras y celebradas obra, Eric, el oficial de la reina- lejanamente inspirado en los avatares de una espía de la resistencia que se enamoró de un oficial nazi y que terminó ajusticiada, no sé por quién- y que narra el contundente drama personae del personaje de Rachel Steinn (Carice van Houten, un auténtico descubrimiento), judía de condición acomodada que fracasa en su intento de huir de la Holanda ocupada y es reclutada por la Resistencia local.

 

         El filme se despliega en un doble sentido narrativo, en perfecta tensión: por un lado, una trama de espionaje de intrincadas aristas, alambicada desde el juego de continuos equívocos, servida con mesurada violencia y un trepidante crescendo de intrigas que Verhoeven (quizá haciendo buenas las lecciones de narración “al estilo americano”) maneja a la perfección (y que guarda no pocos ecos rítmicos con obras de Neil Jordan como Michael Collins o El fin del romance); por otro lado, sin detener la velocidad que impone la trama, y de un modo muy contenido, la historia se detiene en el sino dramático que atañe a los personajes (sobretodo la relación amorosa entre Rachel y el oficial nazi Müntze, o por extensión la continua lucha por defender su inocencia que incumbe a la sufrida protagonista en medio de aquel fuego cruzado de conspiraciones, apartado éste en el que el espectador puede recordar las parábolas de espionaje hitchcockiano del corte de Encadenados o sobretodo Topaz, pero que, en este caso, y merced de las aspiraciones argumentales de Verhoeven y su coguionista Soeteman (y del éxito del primero en su rúbrica en las imágenes y el tono), escarban un poco más allá, hacia una visión historicista para nada complaciente, que nos habla, categórico, del terrible sino que aguarda a la inocencia en tiempos de guerra: hay quien verá en Rachel a una esforzada heroína, pero lo único que Rachel tiene por ofrecer es su integridad, y será más bien es la fortuna quien salvará su pellejo en incontables ocasiones, ya que suele actuar en falso, desconociendo los contubernios que se fraguan a su alrededor, y por tanto se convierte constantemente en una víctima (cuya crasa indefensión se describe del modo más incontestable en la bella secuencia en la que, desnuda ante Müntze, le confiesa su condición judía). Así que quizá el punto de mayor interés de esta Zwartboek se halle en la plasmación de la tragedia humana, en el modo en que rehuye ese idealismo connatural al heroísmo bélico y, poco a poco, nos va descubriendo los infinitos, infames, matices grisáceos que se oponen a las dicotomías del blanco y negro (buenos y malos; resistencia versus nazis), cuidándose mucho de recordar al espectador que no hay mejor contexto para la infamia que la guerra, y que en ese estado de necesidad hay quien logra medrar económicamente gracias a su falta de escrúpulos y su absoluto desprecio por las vidas ajenas, sean de la raza o nacionalidad que sean (muchos de los personajes secundarios obedecen a esa coda descriptiva); en los últimos compases del filme Verhoeven subraya esa ambigüedad y ese poso de injusticia deteniéndose en las represalias de los vencedores, caracterizadas por su arbitraria violencia (alcanzando un durísimo clímax en la secuencia en la que Rachel es vejada públicamente en una factoría, hasta quedar literalmente cubierta de heces).

 

         Narrada en flashback desde un presente ubicado en un kibutz israelí en 1956, el detalle no carece de importancia argumental, porque el espectador ubica ese lugar en la Historia, y por tanto conoce de su conflicto; y en ello abunda Verhoeven en un último plano ambiguo, una panorámica del campo que parece mostrar el advenimiento de un toque de queda. El enésimo en la vida de Rachel, de los hombres y mujeres (judíos, en este caso) abocados a una completa existencia marcada por el horror, un horror que no concede ni siquiera las treguas que se suponen en los calendarios (en ese sentido, también es reveladora la secuencia en la que se anuncia por radio la rendición alemana y Müntze le dice a Rachel que “la guerra ha terminado, pero no para nosotros”...)

 

 

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