AMISTAD

 

 

 

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T.o.: Amistad.

Director: Steven Spielberg.

Guión: David Franzoni.

Intérpretes: Djimon Hounsou, Mattew McConaughey, Morgan Freeman, Anthony Hopkins, Nigel Hawthorne, David Paymer, Pete Postlethwaite, Stellan Skarsgärd.

Música: John Williams.

Fotografía: Janusz Kaminski.

EEUU. 1997. 154 minutos.

 

Aunque a Amistad se la suela comparar –por aquello de la cercanía cronológica- con Schindler’s List, a mí me trae más poderosos ecos de Empire of the Sun o hasta de The Purple Colour. No tanto temáticamente (en lo que también se acogen puntos en común: contextos de crasa injusticia en los que al final se alcanza una tesis de unidad y superación, pero siempre tras un periplo de dolor del que no se sale indemne) como en lo que concierne a las opciones narrativas que el director de Cincinnatti pone en la picota para dar la medida de las dimensiones artísticas de cada película: un afán descriptivista, que conjugue la empatía del espectador con los personajes tanto como con su conocimiento de los trascendentes antecedentes históricos que se barajan. Decía Spielberg en una entrevista publicada cuando la película se estaba produciendo que quería hacer una obra de la que sus hijos pudieran aprender. Y eso se nota en cada plano del filme, lo que no significa que ese afán puerilizante sea un sinónimo de superficial o banal. Todo lo contrario, por mucho que digan (o más bien dijeran, porque ya llevan tiempo batiéndose en retirada) los críticos peregrinos de siempre. Cojamos para ejemplificar lo expuesto uno de los tantos momentos de gran cine que nos depara el largo metraje: la secuencia en la que el abogado Baldwin trata de comunicarse con Cinque dibujándole un mapa en el suelo y el africano parece marcharse –da la impresión de que no le comprende- pero se detiene en un punto alejado (entre nieblas para el espectador) y le da la respuesta precisa al abogado, dejándole entender que no viene de lejos, sino de muy, muy lejos. Esa secuencia es parangonable a muchas que aparecen en Empire of the Sun (todas las que transcurren en el campo de concentración y tienen que ver con aviones, sean japoneses a punto de embarcar o “Cadillacs del cielo” americano en pleno bombardeo): las define su punto de vista subjetivo, y albergan una formidable dosis de emoción muy cara a la causa narrativa; en ambos casos, resulta muy fácil decir que “eso no es realista”, sin atender que no se está buscando el realismo sino la exposición –metafórica, si quieren- de una idea, y que ésta se plasma con la mayor concisión y belleza plástica. Los grandes maestros del Cine Clásico americano mostraron el camino por el que Spielberg suele discurrir, y es así porque dispone de un talento que está al alcance de poquísimos cineastas. Amistad es una court-movie en toda regla, película de juicios, pero su formidable peso se va construyendo mediante secuencias aisladas en las que las imágenes son mucho más valiosas que cualquier explicación: el violento prólogo –desde el primer plano del filme, la simiente de la liberación, por la fuerza, y con dolor, un minuto que puede resumir todo el filme-; el segmento en flash-back que narra el viaje de los esclavos desde Sierra Leone -cuya terrible descripción de sus penurias ahonda en el horror con más fuerza si cabe que las ya tan aterradoras imágenes de Shindler’s List-; las diversas secuencias en las que se narran las veleidades de un presidente de los Estados Unidos preocupado únicamente por la reelección; la secuencia del juicio en la que Cinque se va fijando en los detalles –alguien que lee la biblia, la tensión en el rostro de su abogado, la mano sudorosa de uno de los testigos-, y ante su incapacidad de comprender las palabras, se aferra a esos detalles que juzga hostiles y explota; la preparación de la vista ante el Tribunal Supremo, con las preguntas que el intérprete de Cinque va deduciendo al ilustre letrado –y expresidente- John Adams Quincy; la gráfica sobreimpresión del martillo de la justicia al caer con el sonido de las cadenas al romperse...

 

 

         La historia que se narra en Amistad parte de un trascendente capítulo histórico recogido en la novela Black Mutiny, de William Owens, sobre la insólita batalla legal librada en 1839 por unos conflictos de Derecho Internacional derivados de la interceptación de un barco en el que los esclavos se habían amotinado y asesinado a gran parte de la tripulación negrera, y en cuyo fondo anidaba el debate entre esclavistas y abolicionistas; un capítulo que debe encauzarse históricamente en la progresiva anatemización entre norte y sur que acabaría dando de resultas la Guerra de Secesión americana. Spielberg quiere hacer llegar al gran público esa historia y los valores (constitucionales: la declaración de Virginia) que la sostienen, quiere hacer especial hincapié en el contexto histórico y en la valiosa aportación de los padres fundadores de los Estados Unidos no sólo a esa causa abolicionista (que culminaría en la figura de Abraham Lincoln y en el citado conflicto Norte-Sur) sino a principios democráticos tan esenciales como la división de poderes y la no ingerencia del poder ejecutivo en la actividad judicial. Que el realizador de ET pretenda la comprensión del espectador medio de tales coyunturas históricas le obliga en todo caso a simplificar su escritura y servirse de formas visuales muy explícitas en su simbolismo (a las que nos hemos referido), pero no significa que Spielberg trivialice esos grandes temas, bien al contrario, tanto él como el autor del libreto David Franzoni efectúan un severo esfuerzo de concisión en la inclusión de datos y personajes esenciales: el presidente americano y la reina de España, los burócratas que median entre ellos y los políticos que presionan por la causa del sur aprovechándose de la reclamación española, el fervor católico de los abolicionistas –fervor no siempre bien entendido, como plasma aquella secuencia en la que Stellan Skarsgard y Morgan Freeman discuten cuando el segundo se da cuenta de que el primero, adalid proabolición, empieza a no soportar la presión y pasa a interpretar el Nuevo Testamento de un modo que no le comprometa: “el martirio es la base de la salvación: esos esclavos deben morir”-,...

 

         Orquestrador de grandes sinfonías cinematográficas, Spielberg se sirve de su ya legendario grupo de colaboradores para dar la mayor expresividad y emoción a su brillante artefacto cinematográfico: la tarea lumínica inconmensurable de Janusz Kaminski, cuyo contraste entre luces y sombras, interiores y exteriores, empezaba aquí a erigir la marca de escuela que se ha dado carta de naturaleza visual a todas las posteriores obras del director; el énfasis de la emoción, el riesgo, el dolor y la épica en la partitura del inefable John Williams; el ritmo prodigioso que imprime a la película el montador Michael Khan; los roles interpretativos, entre los que destaca el despampanante tour de force de once minutos de Anthony Hopkins en su speech ante la Corte Suprema en el desenlace de la función...

 

Cuando ayer noche, a altas horas de la madrugada, finalicé el visionado de Amistad se me ocurrió pensar que ese speech que hablaba del testamento de los valores de los padres de la Constitución Americana admitía una lectura en lo cinematográfico: como Jefferson, Franklin, Adams y Washington inspiraron a Quincy, fueron Ford, Hawks y Capra quienes inspiran el texto impreso en el celuloide en las óperas de Spielberg. Pese a quien pese, su admirado director de The Searchers sin duda hubiera disfrutado como un enano viendo esta película.

 

 

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