VOZ OVER

MYSTIC RIVER

 

 

 

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T.o.: Mystic River.

Director: Clint Eastwood.

Guión: Brian Helgeland, basado en la novela de Dennis Lehane.

Intérpretes: Sean Penn, Tim Robbins, Kevin Bacon, Laura Linney, Marcia Gay Harden, Lawrence Fishburne.

Música: Lennie Niehaus, Clint Eastwood.

Fotografía: Jack N. Green.

EEUU – 2003 – 131 minutos.

 

Se siente uno muy solo cuando le hace daño a alguien”, confiesa un obnubilado Tim Robbins a su asustada esposa, Marcia Gay Harden, en una de las muchas secuencias brillantes de esta obra maestra de Clint Eastwood. Una frase que define algo más que al personaje que la pronuncia, precisando el hálito pesimista que envuelve el filme.

 

         Mystic River, título genial que deja espacio a interesantes interpretaciones de su sentido figurado, se disfraza de thriller, de narración policíaca convencional. Pero desde la primera a la última secuencia, y en la mayoría de los diálogos que sazonan la función, se quita el disfraz y da muestras de su intención: narrar la peripecia vital de unos personajes condicionados por un entorno social y cultural que sólo genera verdugos y víctimas. En un  espejo, Penn, su esposa, y sus acólitos por un lado, y en el otro Robbins, su esposa, la hija de Penn, y otros cuerpos inertes que se marran en el fondo del río. La dualidad entre los dos protagonistas parece medirse por la fortaleza vital de cada uno de ellos, por el sentido de supervivencia desarrollado por uno y otro, y que prevalece sobre el sentido de la amistad. En ese sentido, la justicia poética no existe, porque parte de una apreciación subjetiva errónea, condicionada precisamente por esos mecanismos de supervivencia, que tienen como telón de fondo la cultura del ojo por ojo y las armas como instrumento de justicia.

 

         Todo esto se plasma a la perfección en Mystic River, tanto en las secuencias de acción como en el desarrollo dramático de los personajes, y la múltiple lectura que cada secuencia nos deja merced de los diversos puntos de vista plantados. Y también en lo que no se dice: el espectador mínimamente atento deducirá, por ejemplo, que el dinero de Sean Penn sirve para educar y mantener al que acabará convirtiéndose en el asesino de su hija. ¿Hay ecuación más indescifrable? Eastwood lo sabe y lo plasma, y en eso radica el vigor y la sabiduría de la película.

 

         La realización del autor de Unforgiven no se aparta de sus parámetros habituales, y su puesta en escena, de corte clásico, vehicula a la perfección los componentes dramáticos y de suspense que se dan cita. Eastwood es además responsable de la partitura musical –arreglos de su colaborador habitual, Lennie Niehaus-, cuyo tema principal, de carácter cuasireligioso e interpretado con un órgano de cámara, aparece en los momentos culminantes y tiene un peso específico narrativo, pues indica el (falso) sentido de la justicia del personaje encarnado por Sean Penn (v.gr. el tema musical resuena a la par que un fundido en blanco en el momento del asesinato de Robbins).

 

         El desenlace de la película es tan brillante como decorazonador: el personaje interpetado por Laura Linney (tan superlativa como todos sus compañeros de reparto) utiliza sus armas de seducción para disipar las dudas de Penn sobre la bondad y seguridad que le reporta a los suyos; seguidamente, se celebra un desfile, y mientras Gay Harden busca en vano a su marido entre la multitud, Penn aparece con gafas de sol y posa entre sus acólitos cual mafioso callejero, y el tercer amigo, encarnado por Bacon, le advierte gestualmente de que sabe que ha matado a Robbins y que irá a por él: el gesto, rodado en slow-motion, es un disparo con la mano haciendo las veces de pistola; para cerrar de forma circular, la cámara parece desolada al regresar al pedazo de cemento en el que, alguna vez antes de la tormenta que seguro había de venir, tres niños escribieron sus nombres como signo de su amistad irreductible.

 

 

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