VOZ OVER

CONFESIONES DE UNA MENTE PELIGROSA

 

 

 

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T.o.: Confessions of a dangerous mind.

Director: George Clooney.

Guión: Charlie Kaufman, basado en una obra de Chuck Barris.

Intérpretes: Sam Rockwell, Maggie Gyllenhaal, Drew Barrymore, Jenniffer Hall, George Clooney, David Julian Hirsh.

Música: Alex Wurman.

Fotografía: Newton Howard Sigel.

EEUU. 2002. 122 minutos.

 

El visionado de esta estimulante opera prima de George Clooney le lleva a uno a efectuar una serie de reflexiones: la primera de ellas, en el campo formal, nos advierte de la filiación (cinematográfica) del director respecto a su amiguete Soderbergh: Clooney se empeña en “ejercer la narración” desde la imaginación en la planificación y ejecución de cada fragmento narrativo de las que se compone este biopic segmentado que es Confessions of a dangerous mind; la puesta en escena se erige en un efervescente ejercicio de estilo, que presenta propuestas de lo más inteligentes, de lo más vivificantes –sólo se empaña, a mi humilde parecer, en la utilización fotográfica de diversos tonos cromáticos cuya necesidad/utilidad no queda demasiado clara (como pasaba, por ejemplo, en Traffic)-.

 

Sin embargo, parece que el pupilo no le va a la zaga al maestro, y personalmente esta Confessions... me parece una película mucho más interesante que cualquier propuesta estilística de Soderbergh, principalmente porque las estratagemas narrativas de Clooney siempre se apoyan en un férreo, corrosivo y brillante sustento argumental, rubricado por el malabarista Charlie Kaufman, quien como siempre rehuye todo convencionalismo, y convierte la narración de la vida de Chuck Barris –un personaje real, que alternaba su tarea de presentador de programas mediocres en televisión con la ocupación de agente secreto de la CIA (sic)- en una panavisión de la evolución de la nación americana en los años de la guerra fría desde un punto de vista absolutamente inédito, y por ello, del todo apasionante. En las superficies pantanosas que podemos encontrar bajo el texto de Kaufman y la caligrafía de Clooney bucean alegremente incesantes arrebatos de cinismo discursivo, auténticos puñetazos al statu quo americano que se nos pretende vender, que programas como los de Baris o cinematografías como la de Hollywood nos han venido vendiendo desde siempre.

 

Y este recorrido, tan y tan corrosivo, no sería lo mismo sin la superlativa composición que Sam Rockwell lleva a cabo del protagonista, auténtico tour de force interpretativo en el que el actor sabe rendir buena cuenta de los altibajos emocionales, vitales del personaje al que alienta y de la mirada que los contempla.

 

 

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