VOZ OVER

ALIEN 3

 

 

 

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T.o.: Alien 3.

Director: David Fincher.

Guión: David Giler, Walter Hill y Larry Ferguson, basado en una historia de Vincent Ward, y en personajes creados por Dan O’Bannon y Ronald Shusett.

Intérpretes: Sigourney Weaver, Charles S. Dutton, Chales Dance, Pul Mc Gann, Brian Glover, Danny Webb, Lance Henriksen.

Música: Elliott Goldenthal.

Fotografía: Alex Thomson.

EEUU. 1992. 107 minutos.

 

La mayor curiosidad que entraña la franquicia del extraterrestre inventado por Dan O’Bannon es que cada nuevo baluarte ha querido marcar unas propias señas de identidad. Si Aliens, el regreso se convirtió en manos de James Cameron en una epopeya que combinaba el suspense con la acción castrense en toda regla, David Fincher –neófito en el cine por aquellos tiempos- quiso cobijarse de nuevo en la alargada sombra de la mítica película original de Ridley Scott, siguiendo las directrices del entramado temático de una película de terror del corte de “el octavo pasajero”, apoyándose con fuerza en la dirección artística (en este caso de Norman Reynolds), y aderezando el invento con ciertas improntas estilísticas –que a estas alturas ya son moneda de cambio habitual del director de Seven, y que en Alien 3, como en cualquiera de las ulteriores películas de Fincher, presenta alguna solución visual imaginativa, pero padece de cierto efectismo e incluso me atrevería a decir que de ciertas pretensiones-.

 

A la vista de todo ello, quizás el análisis más interesante de la película reside en el statu quo que Ripley –siempre encarnada con idéntica solvencia por Sigourney Weaver- adquiere en relación al monstruo. Sabemos que la actriz exigió morir en el filme para terminar de una vez con su encasillamiento (cosa que no consiguió, como bien saben los que han visto Alien Resurrection), y Vincent Ward y demás intervinientes en el guión, con la posterior complicidad del ojo de Fincher, quisieron rubricar un final con cierto deje lírico: de este modo, pronto descubrimos que Ripley está cobijando una criatura en su interior (está embarazada), que por tanto el Alien vivo no le va a hacer ningún daño, y después descubrimos que su muerte anunciada le llevará a un final parejo con el de la especie alienígena. Los espectadores que recuerdan la intimidad de Ripley con el primer alien en el último jalón del filme de Scott, o el de tú a tú con la Alien Madre en el clímax de Aliens, pueden dar nueva comba a dicha relación –que tan del gusto de Cronenberg debe resultar-: Ripley se convierte, en cierto modo, en la madre de la criatura, y, más que el miedo o el odio, la resignación a la simbiosis planea en los primeros planos de la Weaver, cuando ésta se enfrenta a su destino, y cuando se tira a la caldera ensangrentada y retiene en su regazo la criatura que ha emergido del doloroso parto.

 

 

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