VOZ OVER

ENTRE COPAS

 

 

 

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T.o.: Sideways.

Director: Alexander Payne.

Guión: Alexander Payne.

Intérpretes: Paul Giamatti, Virginia Madsen, Thomas Haden-Church, Sandra Oh.

Música: Rolfe Kent.

Fotografía: Phedon Papamichael.

EEUU. 2004. 113 minutos.

 

No hacía falta llenar de nominaciones y premios a Alexander Payne –de quien conozco, amén de la presente,  Election y  About Schmidt- para constatar que es uno de los más interesantes realizadores norteamericanos que han surgido en los últimos años “a pesar de Hollywood”, o en el off-Hollywood. Sus señas de identidad arremeten entre cierta procacidad en el tratamiento de temas universales y ciertos arrebatos líricos (que cabría calificar de “a la europea” sino fuera porque su contenido escarba en los valores y escorzas emocionales intrínsecas de los americanos).

 

         Sideways lleva estos postulados al abrupto (y a menudo afectado de clichés en el cine) terreno de las crisis emocionales del individuo tipo de clase media en los albores de los cuarenta, o, en un plano más abstracto, del trance vital que supone el progresivo descubrimiento de la frustración de los propios sueños como coda inesquibable de la existencia humana. La habilidad de Payne reside en la presente obra –no tan sobria como About Schmidt- en su capacidad de colar su complejo discurso por los intersticios de una comedia de situación. Payne consigue arrancar carcajadas en las salas de cine, y lo hace mediante diversos sketches cuya epidermis más o menos jocosa tiene mucho de grotesca, y grotesca en el sentido dramático del término (esto es si interpretamos esos gadgets en el contexto emocional narrado). Porque en el fondo, los mejores momentos que logra arrancarse Payne, y los que lo convierten en un narrador genuíno, son aquéllos cuya intimidad se hace plausible al espectador, y derrocha sensaciones en apariencia irrisorias o hilarantes, pero cuyo trasfondo guarda una espesura dramática digna de admiración. En esta segmentada y magníficamente estructurada Sideways hay diversos momentos reveladores de esa estampa autoral: cuando el protagonista descubre que su ex-esposa se ha vuelto a casar y huye hacia la nada, hacia esos campos de vides, donde vence la propia resistencia de su rabia y desfallece cuando acaricia un racimo de uva; o el segmento que narra la primera cita nocturna con Maya, la borrachera galopante de Miles, y su desesperada lucha contra sus autodestructivos instintos, vividos tan calladamente a los ojos níveos de la chica que tan bien encarna Virginia Madsen.

 

         En Sideways tenemos una buddy movie que no es tal, un perenne eje simbólico en el vino y sus propiedades y efectos, una comedia triste, una transgresión constante de los resortes genéricos que da de resultas una obra singular y feliz.

 

 

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